De todos los “estados civiles” que me ha tocado representar en la vida, el que más me ha tomado de sorpresa es el de ser abuela. Cuando era una niña me veía de novia, de esposa, de divorciada, de “arrejuntada”, de profesionista y hasta varias veces casada. Igualmente me percibía como la tía de mis sobrinos, la cuñada de mis cuñados e, incluso, como una suegra siempre solidaria hacia mis yernos y nueras. Pero, ¿verme como abuela?, no, jamás lo visualicé. Nunca olvidaré mi rostro al darme cuenta que los años viejos pasaban uno a uno y cuando menos te das cuenta los hijos empiezan  a casarse, pero yo sinceramente estaba más preocupada por ser esa suegra perfecta años atrás que por saber si pronto sería abuela. La sola palabra me provocaba un extraño malestar. Cuando una de mis amigas me preguntaba: “¿Ya eres abuela?”, se me formaba un guiño medio raro en la boca y sentía como una mordida en el estómago. “¿Por qué me preguntas eso?”, inquiría con una voz aparentemente amable, cuando, en realidad, lo que quería reprocharle era: “¿Qué ya me ves muy vieja, o quéééé?” Claro, porque ser abuela para mi significaba, o bien asemejarse a la Sara García que sale retratada en el paquete del chocolate Abuelita o convertirme en la viejita de las canciones de Cri-Cri: “Toma el llavero, abuelita, y enséñame tu ropero…”. O bien, “Di por qué, dime, abuelita… Di por qué no tienes dientes…”.Yo no tenía idea de lo que significaba ser abuela… pero tampoco me negaba a serlo.

Y fue ahí donde llego el primer nieto. Me conmovió enormemente el hecho de que fuera el primogénito de mi segundo hijo. No hay duda que su nacimiento provocó en mi muchos sentimientos que jamás imagine, pero igualmente, reflexiones de todo tipo. Tengo la impresión que desde hace 48 horas pertenezco a otra generación. Por pequeño que sea ese lapso, además de esposa y madre,  desde ese momento me convertí en abuela. Esta certidumbre me provoca una cierta zozobra. ¿Saben por qué? por la enorme responsabilidad que implica el ser la abuela. Es un rol que me hace sentir muy importante. Es como si me acabaran de dar un nombramiento sumamente honroso. En otras palabras, es un honor para mí el ser Abuela.  Es como si de pronto hubiera ascendido un piso más arriba. Ignoro en cuál número me encuentro, pero estoy cierta que su sola existencia me ha hecho subir varios escalones. ¿Y saben qué, mis muy queridos amigos? Me gusta la idea.

 

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