La araña doña Cuca

2 de junio de 2008

Mi queridísimo nieto mayor, ¡el primero!, el mero, mero Number One, lo que en francés sería Numero Un:

¿Qué crees que me encontré hoy por la mañana detrás de la silla de la recámara? ¡¡¡Una araña!!! Sí, una arañota, como las que te gustan a ti. Me quería morir… por más que llamé a la muchacha: “Cristi, Cristiiiiiiiiiiiii”, no venía a mi auxilio. Había bajado a tirar la basura. Mientras tanto yo seguía frente a ese bicho horrible con sus patotas espantosas… De las dos, te confieso que ella era la más asustada por mis gritos y mi cara de absoluta repulsión. “No se asuste”, dijo de pronto el bicho. No lo podía creer, ¿¿¿una araña que hablaba???… Por un momento pensé que era la voz de Cristina que trataba de calmarme, pero en la habitación no había nadie más que la arañota y tu abuela. Estaba a punto de matarla con una de mis pantuflas, cuando de pronto gritó: “Ay, noooo…. Por favor, si no le voy a hacer nada… Tranquila… Si me mata, su nieto mayor no le va a volver a dirigir la palabra. Él es amigo de todas las arañas. Además, ya me iba… Lo que pasa es que vine a ver a mi mamá que está atrapada en su propia tela. Sus hebras están tan fuertes que parecen barras de acero… Es que sus hiladoras, es decir, los seis tubitos que están situados debajo de nuestro cuerpecito, se han desarrollado más de la cuenta…, porque aquí entre nos es una araña de la tercera edad…”. A partir del momento en que te mencionó y que me ustedeó –que me habló de usted–, mi actitud cambió por completo. Sabía que me estaba dirigiendo a una araña de buena familia. “Primero explícame querida arañita, dónde se encuentra la pobrecita de tu mami, porque en mi casa no hay telarañas… Cristi tiene un plumero gigante con muchas plumitas de colores y siempre limpia muy bien los techos y las paredes”, le dije con mucho orgullo en tanto me sujetaba mejor mi bata de piqué blanco. “Ay, qué pena, señora… pero mi madre tuvo a bien tejer su enorme tela a un ladito de su clóset donde guarda la colección de sus mascadas Hermés… Al escuchar lo anterior, casi me desmayo. Pero por ti, mi nieto consentido, me aguanté y de inmediato me dirigí hacia donde se encontraba la mamá araña. En efecto, allí estaba atrapadísima en su propia tela muy cerca de las torrecitas de mis mascadas de seda… “Mi querida señora, no se enoje… Antes que nada, permítame presentarme, soy la araña doña Cuca y le pido disculpas por haberme colocado en medio de chalinas tan delicadas. Es que mis hilos son también finos, que hasta parece que vienen de Lyon, Francia en donde fabrican sus mascadas”. No había duda, doña Cuca se trataba de una araña viajada y muy educada. Además, su tela tenía la forma de una estrella gigante, brillaba y era sumamente delicada. “Ay, doña Cuca, ¿cómo le hizo para fabricar esa tela tan bonita?”, le pregunté maravillada. “Déjeme y le cuento, no crea que la seda sale de mis tubitos formando una sola hebra, sino que atraviesa por los mil agujeros de que consta cada tamiz que está debajo de mis hiladoras, subdividiéndose en otros tantos hilos. Los mil hilillos que pasan por un tubo se reúnen en una sola hebra; y como los tubos, según le he dicho, son por lo regular en número de seis, las seis hebras formadas de este modo se combinan a su vez, constituyendo la hebra con la que tejí mi tela. Pero yo abusé y tejí mi telaraña con más de siete mil hilos de seda, entrelazados de tal manera que ahora no me puedo salir. La tejí con sus agujeritos demasiados pequeños, por eso mandé a mi hija a buscar ayuda”. Tenía razón doña Cuca, estaba dispuesta su tela de una forma tan perfecta desde el centro que no se podía pasar ni siquiera la punta de un alfiler por los agujeritos. ¿Cómo ayudarla? Para colmo, como sabes nieto sabelotodo, la tela de las arañas está formada por una especie de goma pegajosísima. Es como si tú hicieras una telaraña con tu pegamento o con un chicle bomba como los que te gustan. Finalmente tuve una idea. Fui al baño, busqué las tijeritas con las que se corta los bigotes tu abuelastro y con todo cuidado fui recortando la telaraña de doña Cuca hasta liberarla totalmente. En seguida la tomé entre mis manos (te lo juro que todo lo hice por ti), fui en busca de su hijita y a las dos las coloqué en la maceta de la orquídea que nos regaló tu tía Lolita.

“Gracias por ayudar a esta pobre araña viuda. No hace mucho me comí a mi marido y aunque estaba muy rico, ahora lo extraño”, me dijo antes de ocultarse entre dos pétalos blancos. Sí, querido nieto, me apena mucho decirte que hay arañas hembras que se llaman epeira diadema que se devoran al marido antes de que haya acabado de cortejar a la novia. Pero este tema ameritaría otra carta, por lo pronto te digo que nunca imaginé que las arañas podían ser tan educadas como doña Cuca aunque se haya comido a su esposo.

Pobre de la arañita que se quedó huérfana. La próxima vez que me la encuentre por algún rinconcito de mi recámara, te la voy a llevar como regalo para que la adoptes.
Muchos besos formados con millones de hilos de seda. Mamalú.

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