Queridos nietos:

Son las 11.51 a.m., es Viernes Santo, estoy frente a los maravillosos cerros de Tepoztlán, en el fondo  escucho un disco de Bob Dylan, doña Kika ya desde tempranito está lavando los trastes del desayuno, don Fabián está cortando algunos alcatraces secos, sigo en bata y en camisón. Sí, la existencia de ustedes se ha convertido para mí en un regalo enorme. Siento como si me hubiera ganado el premio mayor de la Lotería. Para mí son como una herencia millonaria. Han de saber que de toda la gente que conozco en el mundo, de lejos, ustedes son mis consentidos. No me caen bien, me caen ¡requete bien!, me caen ¡de diez!, me caen a todo dar, o ¡a toda madre!, como dicen los chavos mal educados. Me gustan física, moral e intelectualmente. Estoy de acuerdo con ustedes en todo.

Ahora volvamos a cosas serias. Hoy quiero platicarles en qué consiste esta semana a la cual se le llama la Semana Santa. Para explicarles el verdadero sentido de estos días, recurriré a mi librito de Primera Comunión que encontré hace unos días, de pura casualidad y en el cual narro cómo tuve que prepararme para recibir, a los nueve años, por primera vez la Santa Eucaristía. No se pueden imaginar qué horrible escritura tenía a esa edad. Las “t” y las “l” parecen lombrices. Ay, no saben en qué estado se encuentra el librito de su abuela. Tiene las tapas todas amarillentas, las hojas están cubiertas por manchas color café con leche por la humedad. ¿Y saben qué? Todas las orillitas están mordidas por ratones. ¿Que cómo lo sé? Porque todavía aparecen la marca de sus dientecitos. Tal vez muchos de ellos pensaron que al morder las hojas, era como si estuvieran comulgando. No me sorprendería que las mamás ratoncitas hubieran utilizado este libro para preparar a sus hijos ratoncitos. A lo mejor en el momento en que recibieron la hostia su pielecita oscura se vistió de blanco y en un dos por tres se convirtieron en unos ratoncitos blancos ¡preciosos! Es decir en ratones santos. Y hablando de ratones, ¿sabían que los murciélagos en realidad son los ángeles de la guarda de los ratones? Por eso nada más salen por las noches.

Por último y para no cansarlos (¿sabían que son más bonitos que el Niño Jesús? Híjole, pero por favor esto no se lo digan a nadie porque es como decir una blasfemia) quiero transcribirles lo que conté a propósito de la Última Cena, sucedida el jueves Santo, es decir, cuando se celebra la Pascua: “Ese día Jesús estaba en una sala grande rodeado por sus doce apóstoles. Y entonces le dieron un cordero cocido y muchas hojas de lechuga, vino y pan. Después de la cena, Jesús se paró de su silla, cogió el pan lo partió en muchos pedacitos y se los dio a sus doce apóstoles. Uno de ellos era Judas, el que lo traicionó y lo entregó a los judíos. Es que él tenía el diablo metido en su corazón. Después Jesús levantó su vaso con vino y dijo: ‘Tomad y bebed, esto es mi sangre’. Y todos los apóstoles bebieron de su vaso. Y Judas se fue. Se fue a un lago y allí se colgó de un árbol. Se colgó de desesperación y de puro coraje”.

Por más que busqué el momento de la Crucifixión no la encontré. Tal vez uno de los ratoncitos de los que les hablé y que era tan malo como Judas, se comió esa hoja. El caso es que nada más aparece la Resurrección: “Un día en que Jesús estaba muerto, la Virgen, su madre, lo agarró (nunca digan esta palabra por decir ‘tomó’, es horrible. Los únicos que tienen garras son los animales. Por ejemplo pueden decir: ‘los ratoncitos agarraron el libro de mi abuela y casi se lo comen enterito’) con una sábana limpia. La lavó muy bien. Y junto con los apóstoles lo envolvieron muy bien y lo llevaron al sepulcro. Allí lo perfumaron porque ya olía muy feo (esto no es cierto, Jesucristo jamás pudo haber emitido un olor desagradable. ¡Imposible!). Después taparon el sepulcro con una piedrota. Lo taparon muy fuerte y quedó muy bien encerrado. Pero… pero al tercer día resucitó y salió afuera sin las llagas en sus manos. Entonces los apóstoles fueron y le echaron más perfume y yerbas. Afuera del sepulcro lo estaba esperando María Magdalena con los ojos rojos y muy hinchados de tanto llorar. Todo su pelo estaba mojado, cubierto de lágrimas”.

Como verán, desde entonces su abuela era bastante exagerada y ya le gustaba contar cuentos.
Bueno, los dejo porque creo que ya los aburrí.

Los quiere, su abuela Mamalú.

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