Sentí el aire frío que bajaba de la montaña, era el desvanecimiento de la poca nieve que quedaba, pero mis huesos ya gastados se quejaron de ese invierno.

Aquí estoy, envuelta en esta frazada de estambre, frente a las últimas estrellas y esperando el amanecer…… esta frazada, la tejí para mi hijo Manuelito, tenía cinco años, no la soltaba ni dormido…mi niño.., era tan frágil, quién lo viera ahora tan fuerte, tan seguro de sí, ya con dos hijos…, aunque no me visiten yo los quiero. Que les da miedo tantas arrugas en mi cara, y mis dedos torcidos, ¡Válgame Dios!

Y ni cómo remediarlo.

Rosaurita, mi pequeña diablilla;  era el tormento de su hermano, se adueño de mi orgullo y discreta preferencia, en ella se reflejaba mi infancia, y al ir creciendo, portaba los dotes que yo hubiera querido tener… mi niña, mi espejo deseado….

¡Perdón Dios! Por estas lágrimas que se asoman sin ser invitadas, ¿Sabes? No me duele su ausencia, más bien, ese despego afectivo que yo no inculqué; ya sé que mis hijos tienen otra responsabilidad, también sé que tú eres la cobija de mis soledades, pero mi esencia humana reclama el abrazo, y la confirmación afectiva de los que amo,  mira la mesa puesta, ambos quedaron de cenar conmigo, solamente los grillos me platican, y esas luces fugaces augurando que hoy será un día mejor.

De nada servirá estar sentida por el desplante, optaré por sonreír cuando los vea,

Será como en años pasados, cuando el otoño de mi vida aún resistía en tierras áridas; cuando brotaba el desafín afectivo, y supe nadar en espacios anegados, pero nunca me tragó el pantanal……Recuerdo cuando murió mi marido…, qué raro llamarlo así, siempre le dije: “Mi viejito”,  él siempre me decía:  “Pedacito”

No por mi tamaño…..”Tú eres el pedacito que requiero para estar vivo”  me afirmaba con frecuencia, a la vez, y con discreción cuando los hijos estaban, me daba una nalgadita, eso quería decir que a la noche, o en cualquier momento o espacio, nos confirmaríamos a través de los hechos que aún nos interesábamos el uno por el otro. ¡ Sí que éramos locos haciendo el amor!  Pero esa locura casi sagrada, donde se dignificaba el sentido del amor porque…..

—Viejito, tú ya no podías erectar, y tú  lo sabías, pero eso no importaba, ¡te lo juro!

Era más importante sentirme aún amada por ti, con esos tus abrazos,  acariciabas mi piel ya ajada, tus dedos firmes recorrían mi espalda hasta la nuca, y jugabas con mi pelo.  Él sabía que mi éxtasis explotaba cuando mis lágrimas mojaban su mejilla. —¡Mi pedacito!  Así te quiero junto a mí siempre, cuando San Pedro nos encuentre, que vea que sí hicimos la tarea.

—Viejito mío, ¡Cuánto  te extraño!………¡Cáramba!, pero si estoy llorando, siento el éxtasis aún con tu recuerdo.  Parece mentira, mi corazón siente todavía el fragor de aquellas batallas, las imágenes son claras y solidarias, para recordarme que amé y fui amada.

Estábamos recostados en nuestra cama junto al ventanal, tú observabas silencioso el árbol del jardín: —Mira, el árbol está tirando las hojas.

—Sí, ese color café–rojizo es precioso.

Tu ensimismamiento dejó aflorar: —Bendito otoño, como nuestras vidas.

No dije nada,  pero ahí me percaté que había entrado a la etapa otoñal, aunque eso no me causó gracia; si aún me sentía vigorosa, lozana, pero entendí que mi verano había pasado, igual mis hijos cambiaban de piel.

Fue el tiempo cuando macizamos nuestro “equipo”,  decías.

Hubo marejada fuerte, como tiene la vida sus devenires, pero ahí estuvimos entrelazando las manos. Entonces había más pasión que intención, después, la intención de hacernos sentir bien mutuamente,  la pasión ya no respondía…… ahora vivo de los recuerdos que me hicieron sentir  viva, útil.   Mi verano fue intenso, cálido, y de eso se alimenta mi presente.  ¿Qué día es hoy?   No recuerdo…..mis hijos no vinieron…, ya hay una pisca de luz en el cielo, tal vez mañana vendrán.

FIN

Antonia Rivera Chaidez
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