15 de octubre de 2002

Muy querido Tomás:

Antes que nada deseo darte la bienvenida al planeta Tierra. Sé que llegaste al mundo la madrugada del domingo 13 de octubre sin el menor problema. Según Cecile, tu madre, arribaste con tal aplomo que de inmediato le inspiraste respeto. “Se ve tan serio, se diría que está pensando”, me dijo conmovida por teléfono. ¿En qué pensabas, Tomás? Tal vez te encontrabas un poquito intimidado ante la idea de ver, por primera vez, a los que serían tus padres. Créeme que ellos también estaban sumamente nerviosos. No era para menos. Llevaban nueve meses preguntándose cómo serías. Aunque ya te habían visto y escuchado gracias a unos aparatos muy modernos, no tenían el gusto de conocerte. Tengo entendido que desde el momento en que se vieron, en el hospital Lucile Packard Children’s de Stanford, California, se cayeron muy, muy bien. ¡Enhorabuena! Ya verás que conforme los vayas descubriendo, comprenderás cuán suertudo eres de tenerlos como papás. Además de simpáticos, ambos son muy querendones. Es decir, muy tiernos; su corazón es más grande que el hueso del mango petacón. Todavía no has probado los mangos, ¿verdad? Mira, Tomás, hay varios tipos: está el manila, que es delicioso; el petacón, que es muy dulce y los otros, con olor a niña. Me explico, en estos momentos que todavía estás en la nursery, seguramente en las otras cunas se encuentra una que otra bebita de buen ver. Si después de observarlas con cuidado, adviertes que en efecto hay una que se trata de una verdadera belleza, entonces, es ¡un mango!

Me temo que estoy incurriendo en una absoluta trivialidad. En lugar de explicarte correctamente qué son y de dónde viene esta maravillosa fruta, actué como la típica abuela sexista. Te pido disculpas. He aquí la explicación que nos proporciona el Diccionario de la Real Academia Española en su vigésima primera edición: “Mango: Árbol de la familia de las anacardiáceas, originario de la India y muy propagado en América y en todos los países intertropicales, que crece hasta quince metros de altura, con tronco recto de corteza negra y rugosa, copa grande y espesa, hojas persistentes, duras y lanceoladas, flores pequeñas, amarillentas y en panoja, fruto oval, arriñonado, amarillo, de corteza delgada y correosa, aromático y de sabor agradable”.

Has de saber, Tomás, que como regalo de bienvenida deseo obsequiarte este maravilloso instrumento que se llama diccionario y el cual me ha acompañado desde hace muchos años. En él encontrarás todas las palabras inimaginables con su respectivo significado. Tu bisabuela solía decir que si todos los días aprendiéramos cinco palabras del diccionario, no nada más enriqueceríamos nuestros vocabulario, sino que se nos “abriría” el entendimiento. Es más, mañana mismo iré con el encuadernador de doña Lola que está en la colonia Roma y le pediré que me lo encuaderne en piel, en color mango. ¿Qué te parece? Ese será mi primer regalo. Miento, ya te tengo otro, pero no te voy a decir de qué se trata. Tendrás que esperar hasta que te lo entregue personalmente, que será el viernes 25, día en que también te presentaré a mi marido, y a tu tía Lolita, hermana de tu padre, quien por cierto, se muere de ganas de conocerte.

Tomás, tengo la impresión de que tú y yo vamos a ser muy buenos amigos. Sin embargo, desde que sé que ya llegaste, me siento extraña. Hace dos días traigo como un nudo en la garganta. Es cierto que es muy pequeñito, pero allí está. Lo que más temo es que en cualquier momento se podría desanudar, es decir, dejaría de ser un nudito para convertirse en un chorro de lágrimas. Lo que sucede, Tomás, es que estoy muy conmovida. Me conmueve enormemente el hecho de que seas el primogénito de mi segundo hijo. No hay duda que tu nacimiento me ha provocado muchos sentimientos, pero igualmente, reflexiones de todo tipo. Tengo la impresión que desde hace 48 horas pertenezco a otra generación. Por pequeño que sea ese lapso, además de esposa y madre, me he convertido en abuela. Esta certidumbre me provoca una cierta zozobra. ¿Sabes por qué? Por la enorme responsabilidad que implica el ser la abuela de Tomás. Es un rol que me hace sentir muy importante. Es como si me acabaran de dar un nombramiento sumamente honroso. En otras palabras, es un honor para mí, ser tu mamá grande. Gran-de, así me siento. Es como si de pronto hubiera ascendido un piso más arriba. Ignoro en cuál número me encuentro, pero estoy cierta que tu sola existencia me ha hecho subir varios escalones. ¿Sabes qué? Me gusta la idea.

Por otro lado, estoy temerosa. Me da miedo no gustarte, no simpatizarte. Por pequeñito que seas, temo no estar a tu altura. En otras palabras, decepcionarte. Cuando tus padres tengan que salir y se vean obligados a dejarte conmigo, ¿qué tal si no te gusta la idea? ¿Qué tal si te aburro, o te abrumo con cursilerías? Tengo tantos deseos de hacer correctamente mi papel de abuela, que temo equivocarme. Por lo pronto te puedo decir que tengo muchos planes para ti. Algo me dice que, gracias a ti, voy a redescubrir un sinnúmero de cosas. Por ejemplo, la lectura del viejo Tesoro de la Juventud que acostumbraba leer; conciertos para piano de Mozart que hace mucho tiempo no escucho; muchas fotografías de la familia que tengo arrumbadas; recetas que hace años ya no hago; parques a los que no he vuelto; películas como Dumbo o Bambi que tanto me hacían llorar cuando era niña; la música de los Hermanos Rincón que solía ponerle a tu padre; recordar viejas anécdotas de cuando tu papá era chiquito.

¿Te das cuenta, Tomás, todas las ilusiones que me ofrece la perspectiva de saberte y verte crecer? Nada me daría más ilusión que juntos viéramos las películas de Charles Chaplin, que juntos paseáramos por los jardines de Luxemburgo, donde solía llevar a tu papá cuando íbamos a visitar a tus bisabuelos franceses, que juntos comiéramos la nieve de mango que venden enfrente del quiosco de Santa María la Ribera, que juntos jugáramos a los palillos chinos y que juntos nos subiéramos al Tepozteco.

Sí, Tomás, me das un chingo de ilusión (lo de chingo no se dice, pero no importa). Estoy tan contenta que tengo ganas de llorar. Estoy tan contenta que quiero adoptar a más nietos. Estoy tan contenta que me siento como una abuelita adolescente. A partir de mañana, me aprenderé de memoria las canciones de Cri-Cri, memorizaré todas las poesías que escribió Victor Hugo para sus petits enfants, me perfeccionaré en repostería, tomaré clases de fotografía para tomarte miles de fotos, te compraré todos los juegos educativos que encuentre por mi camino, te coseré con mis manos unos títeres y me cuidaré todavía más para que tengas abuelita para mucho rato…

Por último, Tomás, déjame decirte que fuiste un bebé muy deseado y esperado por tus padres. De ahí que piense que tu llegada no hará más que llenarlos aún más de felicidad. ¿Ya te diste cuenta de cuán enamorados están? Por añadidura, tienes la suerte de contar con unos abuelos maternos adorables. Y por si fuera poco, por los dos lados tienes unos tíos entrañables. Tanto tus tíos abuelos como tu bisabuela que viven en Francia, son como de película de Jacques Tati. Respecto a mi familia, también es como de filme, pero de la época de oro del cine mexicano. Qué tanta suerte tendrás, que por el lado de tu padre no nada más tienes un abuelo, sino ¡dos! En total suman tres, que te cuidarán como el niño de sus ojos…

Tomás, no me queda más que agradecerte tu maravillosa existencia.

Tu abuela, Mamalú.

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