Mi abuelita era un ser extraordinario aunque en apariencia fuera como muchas otras abuelitas: bajita, llenita, con muchas arrugas y lentes de aumento. Lo que a mis ojos la hacía diferente fue la ternura con que me trató; ese amor que marcó mi vida aún ahora siendo yo una mujer de 49 años. Mi abuelita no tuvo una vida fácil, quedó viuda con 7 hijos pequeños a quienes tuvo que sacar adelante ella sola. A pesar de las dificultades y los obstáculos que en su tiempo tuvo que enfrentar, fue una mujer amorosa. Supongo que hay seres que nacen amorosos y nada, ni nadie, puede arrancarles ese amor.

Han pasado 43 años desde su muerte y todavía hoy, la extraño. El mejor recuerdo que tengo de mi abuelita Rosita es cuando jugábamos a las “comadritas”.  Yo tendría entre 5 y 6 años y me recuerdo que su cuarto tenía un balcón que daba a las escaleras de la estancia de su casa, así que mandó ponerle ventanas y una puerta e hizo allí mi “casita”. La decoró con una camita, cojines, muñecas y un juego de té.  En las tardes, yo la invitaba a mi “casita” a tomar el té y a platicar; éramos “comadritas” (y así nos llamábamos una a la otra). Me recuerdo que con todo y lo tartamuda que era cuando niña, yo le daba consejos. Le decía que lavara la ropa sucia con cáscara de plátano para quitar las manchas; que si quería tener un novio, pues que fuera un gendarme porque esos besaban bien y que no se casara porque los hombres eran mujeriegos. Ahora me pregunto, ¿Dónde habré sacado yo esos consejos? Supongo que oyendo a la ayuda doméstica o pegando la oreja detrás de alguna puerta.

A mi abuelita le ayudaba a planchar la ropa, según yo. Agarraba la plancha y planchaba cualquier ropa que se atravesara en mi camino, que generalmente era ropa sucia. Todavía tengo una cicatriz de una quemadura en el antebrazo y cuando la veo, solo sonrío porque me recuerda a ella.

En otra ocasión me recuerdo que yo estaba brincando en su cama y una prima mayor que yo, que estaba parada a un costado, la hizo enojar. Salté como gato y me abalancé sobre mi prima porque había hecho enojar a mi abuelita.

Ya cuando ella estaba muy grave, en fase terminal de cáncer, me llevaron a verla. Me acuerdo que me subieron a su cama y yo la abrazaba y le platicaba. Sus manos ya estaban muy arrugadas y yo las besaba. La abracé hasta que se quedó dormida.  Mucho tiempo después supe que no se había quedado dormida, que había muerto en mis brazos.

El mejor regalo, y la mejor herencia de los padres, son las abuelitas. Esos seres amorosos y consentidores en quienes encontramos nuestras cómplices de travesuras y nuestro escudo contra las nalgadas.

Rosa Margarita Escobar.

Primer lugar del concurso de: “La historia con mi abuela”

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