No hay mucho que escudriñar en el título de una carta que habla del arte de ser abuela, pues en realidad, en mi caso, hoy descubro que mi abuela fue una artista de verdad. Lo triste es que mi descubrimiento quizás tardó más de lo que una vida pudo esperar.

Y es que han rodado tantas lágrimas en tu ausencia que no existirían las palabras que sometieran a mi arrepentimiento por el hecho de no ser el nieto que siempre quisiste ver a tu lado.

“Hijo, ahí en el refrigerador hay jamón, queso, carne y el refresco que te gusta, lo compré con el dinerito que nos dan por ser viejitos, pero yo no lo puedo comer por ser diabética, es para ti…” Y en la inconsciencia del alcoholismo y la drogadicción nunca reparé en darme cuenta que aquella anciana enferma, salía todos los días a trabajar para darme de comer y pagar mis estudios, aún teniendo setenta y cinco años.

Hay un día que quedará en mi mente como un tatuaje queda en la piel por siempre. “Jorge, ya te veo muy mal, creo que es momento de que pares de tomar y fumar todas esas cosas. Imagínate el día que quieras tener una bebita; va a nacer enferma, algo le puede pasar. Busca una mujer buena que te quiera y que te de la dicha de que te lleguen a decir papá”.

La droga me aniquiló y anestesió todo aquél sentimiento que hoy hace que las lágrimas broten de una forma más que emotiva. Porque el recuerdo en ocasiones mata en vida, cuando uno despierta de aquellos parajes nebulosos y te das cuenta que el tiempo pasó y que jamás volverán a darte aquellos consejos que solo los viejos regalan.

“Todo va a estar bien mamá abuela, ya mañana sales del hospital y venimos por ti”  Y aquellas fueron las últimas palabras que le pude decir en vida a aquella mujer que de la nada formó una familia, a aquella que simplemente me dio de comer toda mi vida sin escatimar ni un solo céntimo, a ella que sin decir nada me sacó de todos los problemas en los que mi adicción me pudo haber metido. Ya no hubo más, solo un “pórtate bien hijito, me siento muy cansada de tener estos tubos en todo el cuerpo”

El día siguiente partió, sin habernos podido decir adiós como lo hacen aquellos que de verdad manifiestan su amor por su abuela. Solo la pude ver ahí tendida, sin vida, sin la esperanza de que su nieto, por quien tanto rezó, lloró e imploró a Dios, algún día dejara de tomar y drogarse. Pero hoy, mamá abuela, hace seis años que no bebo ni me drogo, que trabajo decentemente y que Constanza, mi conejita, ya tiene un año, ¿y sabes qué?, ya sabe decir ¡papá!…

Carta de: Jorge Martín Martínez, dirigida a su abuela. Segundo lugar del concurso: “La historia con mi abuela”. ¡Felicidades por tu carta!

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