Querido Tomás:

Hace dos madrugadas soñé contigo, en un par de ocasiones (antes y después de ir a donde nada más el rey va solo). En la primera vez te suplicaba lo siguiente: “Tomás, no crezcas, no quiero que crezcas; quédate igual que como apareces en las últimas fotos que me mandaron de ti. Así te quiero para siempre…”. En la segunda vez te veía más grande, pero entonces te rogaba: “Tomás, no juegues ese partido de futbol, no te conviene. Esos niños son malos y tú no eres como ellos. Además, el color de su uniforme es horrible, no juegues con ellos”. Por más que trato de analizar mi sueño, no entiendo su significado. Pensé tanto que terminó por inspirarme una correspondencia entre Peter Pan y Wendy. Te la dedico con todo mi corazón. Te quiere, tu abuela soñadora que piensa tanto en ti, Guadalupe.

País de Nunca Jamás…

Querida Wendy:

El año pasado, justo el 24 de diciembre de 1904, se cumplieron cien años del estreno en Londres de la obra teatral Peter Pan o el niño que no quería crecer escrita por James M. Barrie, en la que tú y yo aparecimos por primera vez. ¿Recuerdas que fue en el teatro Duke of Cork? ¿Ya sacaste cuentas? ¡Sí! Cumplimos nuestro primer centenario. Cien años durante los cuales hemos regresado cada Navidad a las tablas londinenses. Fue tal el éxito obtenido que Barrie publicó en 1911 nuestra historia como cuento. Ahí narra nuestras vicisitudes junto con tus hermanos y Campanilla en el País de Nunca Jamás. Este relato ya se convirtió en un clásico que, a su vez, inspiró esa película de dibujos animados que nos hizo todavía más famosos. De ahí que todas las noches yo saco a muchos niños de sus sueños al País de Nunca Jamás y los devuelvo al amanecer sin que sus papás se enteren. Yo represento, por si no lo sabías, Wendy, la realización de un deseo: hacer triunfar la juventud sobre la vejez. Y mi nombre ha quedado como el sinónimo de la eterna juventud. Sí, mi querida Wendy, crecer es lo más horrible del mundo, lo más terrible, lo más catastrófico, lo más traumante y apabullante. Todo lo que sucede después de los doce años de edad no tiene la menor importancia, te lo aseguro. Veme a mí, siempre libre, contento, divertido, lleno de aventuras. Todas las primaveras, excepto cuando se me olvida, vengo a buscar a los hermanos Darling: tú, John y Michael. La hadita que siempre me acompaña, Campanilla, nos ayuda echándoles un poco de polvo mágico para que puedan volar al País de Nunca Jamás. Tú, Wendy, te ocupas de todos esos niños perdidos, sin madre, los bebés que se han caído de sus cochecitos cuando las nanas estaban distraídas. También cuidas de tus hermanitos y de mí. Tenemos una serie de aventuras: nos peleamos con los indios, nos enfrentamos a los temibles piratas cuyo jefe es el tremendo Capitán Garfio y nos encontramos con un cocodrilo horroroso, devorador del tiempo, porque se ha tragado un reloj y anuncia su presencia con un tic-tac, tic-tac, tic-tac. Nos encontramos en peligro de muerte cuando el capitán Garfio nos captura pero, en el momento preciso en que nos va a lanzar por la borda al mar, valientemente libro una lucha feroz, salvándonos y precipitando al malvado en las fauces del cocodrilo. Cuando llega la hora de volver al hogar, yo intento convencerlos para que se queden conmigo en el País de Nunca Jamás, pero ustedes extrañan a sus padres y desean volver. “¡Quédate con nosotros!”, me piden todos. Rehúso su oferta porque si me quedo con ustedes dejaré de ser niño y eso no lo puedo admitir. Les pido que mejor vengan conmigo a mi país. Al ver que no me van a hacer caso, les hago una súplica: “No se hagan mayores nunca. Aunque crezcan no pierdan jamás su fantasía ni su imaginación. De ese modo seguiremos siempre juntos”.

Sí, mi querida Wendy, la fantasía es lo mejor que pueden tener los seres humanos en su vida. Gracias a ella existo. Gracias a ella puedo volar con mis amigas las hadas, tener aventuras maravillosas y hablar con los animales, árboles, las flores, las piedras, las nubes y las estrellas. Yo soy la juventud, la alegría, un pájaro que rompió el cascarón de su huevo. No, no quiero crecer. ¿Te imaginas? Si tuviera que crecer tendría que ir a la escuela, y me supongo que después tendría que ir a una oficina y pronto me convertiría en un hombre maduro. ¡No! ¡No! ¡No! No quisiera ir a la escuela para aprender cosas serias. No quiero ser adulto. Yo, como el dios griego de la Naturaleza, Pan, del cual llevo el nombre, me gusta tocar el caramillo, recorrer los campos, tener dones especiales y disfrutar de todas las delicias y los placeres de la infancia. Pan era hijo de Hermes y de una ninfa que lo abandonó, recién nacido, por su fealdad. Yo también tuve una madre que no me sostuvo. Pero tú, Wendy, eres como mi mamá, me cuidas y me proteges como a los niños perdidos y así es como te quiero. El dios Pan tenía cuernos, pies de cabra y el cuerpo cubierto de vello. Yo también tengo un halo silvestre y, ¿te has fijado, Wendy, que siempre dejo un reguero de hojas secas?

Fíjate, Wendy, durante cien años he sido uno de los personajes más queridos por los niños y miles de ellos han disfrutado conmigo en el País de Nunca Jamás por las noches sin dolor y preocupaciones. Los mayores también necesitan olvidarse de su aburrida vida cotidiana. Continuamente ven películas que no son reales y durante ese tiempo se olvidan del mundo real, viviendo una aventura imaginaria. Otros se olvidan de sus problemas acudiendo al futbol, al baile, viendo horas y horas la televisión, paseando en algún parque u oyendo música. Imagínate, que si no buscaran esos escapes para alejarse durante algún tiempo de su triste realidad, estarían siempre tristes y deprimidos. ¿No crees, mi querida Wendy, que soñar es la mejor manera de ser feliz?

Por último, permíteme decirte que he estado pensando mucho en nuestro autor James M. Barrie, al cual le estoy inmensamente agradecido porque si no fuera por su gran imaginación y su increíble fantasía no existirían ni Peter Pan, ni Wendy y su adorable familia, ni el capitán Garfio ni Campanita ni tampoco el cocodrilo. Pero lo que sería insoportable y una tristeza infinita es que no existiría el País de Nunca Jamás. Mientras los niños sean alegres, inocentes y hasta un poquito egoístas y piensen en mí, regresaré siempre, siempre, siempre. Aunque crezcas, Wendy, no te hagas mayor y pierdas tu imaginación y fantasía. Así cumpliremos, juntos, otros cien años más, ¡doscientos!, ¡trescientos! Y hasta ¡mil!

Tuyo para toda la eternidad, Peter Pan.

Continuará…

Anuncios