Hoy, hace exactamente cinco años nació mi tercer nieto. Cuando me lo presentaron, me ruboricé. Sí, por increíble que parezca me dio pena, de allí que lo saludara en voz muy baja: “Mucho gusto, soy tu abuela”, le dije con respeto, pero también con cierto pudor. Lo primero que me llamó la atención fue lo bien peinado que se encontraba. La raya de su pelo dorado como el trigo era perfecta, lo cual le daba un aire muy varonil. Curiosamente, hace treinta y tres años su padre también había llegado al mundo así de peinadito. Sería mucho exagerar si afirmo que todo él me pareció hecho a la perfección, hecho por manos de artistas, es decir, creado por unos padres perfeccionistas en el amor. De ahí que físicamente no le encontrara ni un solo defecto, al contrario, es dueño de una frente despejada, su tez es como de porcelana, sus facciones son finas y elegantes y tiene una boca que, de alguna manera, me evocó a la de Louis Jourdan, un viejo actor francés, guapo como él solo. Observé sus orejas y me felicité de que las tuviera tan pegaditas a una cabeza de forma tan distinguida. Pero de todo, todo, me maravillaron sus manos. “¡Qué dedos tan largos y bien hechecitos! –exclamé–. Este niño está guapísimo. No hay duda de que te salen muy bien. Antes de romper el molde deberías de hacer muchos más”, le propuse irresponsablemente a mi nuera quien lucía aparte de bonita, feliz de la vida recostada en una cama en la que le daba una luz muy especial. Tenía un semblante tan radiante que más que de un largo y doloroso parto, parecía que acababa de llegar de un día de campo. En suma, madre e hijo se encontraban en unas condiciones inmejorables. Por mi parte, estaba tan orgullosa y contenta que me quería comer a besos a ese nieto cuyo nacimiento me rectificaba por tercera vez el privilegio que significa ser abuela. ¡Bendito rol es el de ser mamá grande en una etapa de la vida que nos permite todavía gozar de nietos posmodernos! Tal como me había sucedido con la llegada de sus dos hermanos, una vez más le agradecí a la vida por vivir tan intensamente esta experiencia, la cual no se compara con nada. Resulta ya un lugar común decir que la llegada de un nieto es como recibir un regalo enviado directamente del cielo, pero sí es. Por lo tanto desde hace una semana me siento plenamente regalada, obsequiada y consentida por la vida.

En agradecimiento, recibo mi tercer nieto y lo presento con todo mi amor y con una enorme canasta de flores, para que se vaya acostumbrando a todas las que le voy a echar en lo que me resta de vida. También le escribo su primera carta.

Mi querido Andrés:

Esta es la primera carta que te escribo para darte la bienvenida a este mundo que te tocó vivir. Aunque raro y muy complicado, está lleno de sorpresas y muchas cosas bonitas que descubrir. Tus hermanos ya te esperaban con mucha impaciencia, ya que tu madre, distraída como es, nos traía con el alma en un hilo a lo largo de quince días, lapso en que podías aparecer en cualquier momento. Pero finalmente llegaste el primero de julio a las 6.45 p.m. en el ABC de Santa Fe, con un peso de 3.2 kg y 65 cm de largo. Fue tu padre quien me llamó para darme la noticia. Justo en esos momentos me estaba probando un vestido (que tenía el 50% de descuento y que pensé que estaría perfecto para tu bautizo) en uno de los camerinos. Al escuchar que ya estabas aquí, di tal grito que la empleada creyó que me había desmayado y sin tocar la puerta entró en el camerino. La que también se asustó muchísimo fue tu tía Lolita. Ella pensó que había gritado de esa forma al corroborar que el vestido no me entraba, a pesar de que era una talla 14 (italiana). El caso es que salí a buscarla casi en paños menores. “¡Ya nació, ya nació Andrés!”, decía a la vez que cubría mis desnudos hombros con mi saco y me dirigía hasta donde se encontraba Lolis. Las dos nos pusimos felices. “Mamá, acompáñame al departamento de bebés que quiero comprarle un par de tenis súper modernos”, comentó tu tía, ilusionadísima de tener un nuevo sobrino. Felices y eufóricas como estábamos fuimos juntas al segundo piso a buscarte tus tenis, pero al no encontrar unos bonitos, Lolita se decidió por un oso de peluche café chocolate, igualito al de Mr. Bean, el cual desde que era un niño jamás lo ha abandonado. (Espero, Andrés, que tú no caigas en esos excesos…). Esa noche, tu abuelastro, Lolis y yo cenamos pizzas frente a la tele y brindamos con un delicioso vino rojo chileno el nacimiento del gran Andrés.

Ay, Andrés, qué felices has hecho a tus padres, abuelos, tíos y a tus hermanos. Tomás no deja de cuidarte un solo minuto. En el día, se dirige constantemente hacia la habitación de tus padres donde está tu cuna, para ver si estás bien. Después de acariciarte con su manita en cualquiera de tus dos mejillas, corre hacia su mamá y le anuncia satisfecho: “Mamá, Andrés está muy bien soñando con los angelitos”. Has de saber que tu hermano mayor te está infinitamente agradecido por el “cuete” que le trajiste como regalo de tu venida a la Tierra. Un día antes de que llegaras, despertó a tu mamá muy preocupado, preguntándole cómo le ibas a hacer para comprarlo y llevárselo. “Ya sé mamá, cuando sea muy noche, se va a salir de tu panza, después va a ir con Diosito y le va a pedir que lo lleve con Santa Clos para que le dé mi regalo”. Por lo que se refiere a tu hermana María, también ella está muy contenta con tu llegada, pero la pobrecita no lo puede manifestar porque en estos momentos se encuentra malita de las anginas e incluso ha tenido calentura, por lo cual no le permiten acercarse mucho a ti.

Déjame decirte, Andrés, que desde que llegaste a tu casa tu mamá se ha organizado muy bien. El sábado que te fui a ver con tu tío Diego, tenía la casa sumamente ordenada con muchas flores y cosas ricas para comer. Tienes una cunita blanca toda forrada de piqué, ¡preciosa!, la cual me recuerda un poco el estilo de las cunas de antes, como las que se usaban en los treintas. No te puedes imaginar la cantidad de ropa que tienes, ya sea comprada o heredada de tus hermanos; la mayoría (de marcas francesas) es de color azul y blanca. De hecho el día que te fui a visitar, estabas vestido todo de azul pavo. Te veías guapísimo. Conste que no dije “bonito”, sino ¡guapo, guapo, guapo! Y hablando de lo varonil que me pareciste desde el primer momento en que te conocí, permíteme decirte, Andrés, lo que según el Diccionario Etimológico Comparado de Nombres Propios de Personas de Gutierre Tibón significa tu nombre:

“ANDRÉS.- Griego. ‹Varonil, masculino› derivado de ‹hombre›. Confróntese a Arsenio y Carlos. El más insigne santo de este nombre es Andrés, el hermano de San Pedro y uno de los doce apóstoles, martirizado en Patras, en una cruz en forma de X. Latín, alemán ANDREAS, francés ANDRÉ, italiano ANDREA, inglés ANDREW, ruso ANDREI.

Hipocorístico inglés ANDY, antiguamente Dandy, Tandy. Patro  nímico inglés: Anderson”.

Respecto a tu apelativo, la página de Google dice:

“Significado: Valiente y varonil. De origen griego.

Características: Es honesto, sociable y atrae a la gente por su especial forma de ser. Es muy humano y siempre está cuando alguien lo necesita.

Amor: Le gusta tener una pareja estable.

Fecha: 30 de noviembre, San Andrés. 4 de febrero, San Andrés Corsini”.

Mi querido Andrés, nieto valiente y varonil, déjame contarte lo que me sucedió el domingo. Fíjate que fui a escuchar un concierto espléndido de Tchaikovsky interpretado por la Orquesta Sinfónica de Minería, dirigida por Carlos Miguel Prieto. Como solista tocaba nada menos que Philippe Quint, un violinista sumamente prestigiado. Pues bien, en tanto tocaba el Concierto para violín y orquesta en re mayor, Op. 35 en su Stradivarius (seguramente los mejores violines del mundo), pensaba en ti con una sonrisa de oreja a oreja. Me acordaba de cada partícula de tu rostro bellísimo, pero especialmente de tus manos tan largas, blancas y finas. Me dije entonces que tal vez terminarías convirtiéndote en un gran violinista como lo era ese muchacho ruso. Fíjate, Andrés, que no hace mucho Quint dio un exclusivo concierto a un reducido grupo de taxistas de Nueva York, en agradecimiento al que le devolvió un violín Stradivarius fabricando en 1723 y valorado en unos 2.5 millones de euros, que dejó en su taxi. El músico entregó al conductor Mohamed Khalil todo el dinero que llevaba encima, unos cien dólares, y entradas para un concierto en el Carnegie Hall. Él también tiene unas manos finas y unos dedos larguísimos. El caso es que ese fue uno de los conciertos que más he disfrutado en mi vida. Y todo gracias a ti, mi querido Andrés, tan humano y honesto desde que llegaste al mundo.

Por último, permíteme hacerte un regalo, un pequeño fragmento del concierto de Tchaikovsky, el mismo que te dediqué ese domingo en que hiciste tan feliz a tu abuela.

Te quiere, Mamalú.

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