Nací católica, apostólica y romana, pero sobre todo guadalupana. Crecí con un padre juarista y una madre totalmente porfirista. Me eduqué en un colegio de monjas. De adolescente, no faltaba a misa los domingos y le rezaba a San José para que un día pudiera casarme “bien”, con un “niño bien” y poder así, ser una “señora bien”. A Dios gracias, me escuchó y me casé súper bien, gracias a la bendición del padre Pérez del Valle, el mismo que solía poner su mano santa frente a la cámara de cine cada vez que salía un beso en el ciclo de películas del Club Vanguardias. Casada, poco a poco me fui alejando de la Iglesia, sin embargo mis tres hijos fueron bautizados. Cuando crecieron no dudé en inscribirlos en una escuela laica, el Liceo Franco Mexicano, en donde es optativo hacer o no la primera comunión. Andando el tiempo, me divorcié y me volví a casar. Hoy por hoy, tengo tres nietos bautizados y ellos, una abuela que ya no cree en la Iglesia y que cada día está más convencida de los tres elementos centrales en un determinado régimen: en el respeto de la libertad de conciencia, la autonomía de lo político frente a lo religioso e igualdad de los individuos y sus asociaciones ante la ley, así como no discriminación, cuya definición de laicidad aparece en el libro El Estado laico, de Roberto J. Blancarte. Dice el autor que no puede haber “una real laicidad sin una democracia constitucional y una democracia, para ser tal de manera cabal, requiere ser laica”. Algo que es muy importante en relación a lo anterior es que la laicidad no es una imposición, al contrario, la laicidad supone “el respeto a los derechos humanos de todos y en particular el respeto de los derechos de las minorías, sean éstas religiosas, étnicas, de género, por preferencia sexual, etcétera”. Por lo tanto la laicidad surge como respuesta a una sociedad cada vez más plural, ávida por respetar los derechos de todos. La laicidad está por la libertad de conciencia y por la igualdad de todas y todos los ciudadanos, sin discriminación. Para lograrlo, existe un requerimiento fundamental, “que el Estado laico tenga una autonomía real frente a cualquier doctrina religiosa o filosófica específica, con el objeto de garantizar el bien común y el interés público”.

Hace 153 años, el 11 de abril de 1857, se expidió lo que se conoce como la “Ley Iglesias”. Esta ley formó parte del primer grupo de leyes liberales, quienes creían en la necesidad de conducir a la patria “por las vías del todo nuevas de las libertades de trabajo, comercio, educación y letras, tolerancia de cultos, supeditación de la Iglesia al Estado, democracia representativa, independencia de los poderes, federalismo, debilitamiento de las fuerzas armadas, colonización con los extranjeros de las tierras vírgenes, pequeña propiedad, cultivo de la ciencia, difusión de la escuela y padrinazgo de los Estados Unidos del Norte”, como dice el historiador mexicano Luis González en el capítulo “La Reforma” del libro Historia Mínima de México. Por su parte, los conservadores pedían exactamente lo contrario. El primero de los siete puntos de su ideario, sintetizado por Alamán, era: “Queremos conservar la religión católica… sostener el culto con esplendor… impedir por la autoridad pública la circulación de obras impías e inmorales”. El último de los siete puntos menciona lo que decían los conservadores pero que tal vez muchos piensen actualmente, debido al estado en que se encuentra nuestra patria: “Perdidos somos sin remedio si la Europa no viene pronto en nuestro auxilio”.

La Ley de las Iglesias, autoría del ministro de Justicia, Negocios Eclesiásticos e Instrucción Pública, José María Iglesias, es una de las Leyes de Reforma, la cual regulaba “el cobro de derechos parroquiales, impidiendo que se exigieran a quienes no ganaran más de los indispensable para vivir, e imponía castigos a los miembros del clero que no la observaban”. ¡Uy, cómo se enojaron los conservadores, pero sobre todo los padrecitos con esta ley! Era evidente que con estas leyes se afectaba el poder de la Iglesia católica, la cual durante trescientos años hacía lo que se le daba la gana respecto a asuntos totalmente ajenos a la fe cristiana. Pero aún faltaba lo mejor para los liberales. En 1859, una vez trasladado su gobierno a Veracruz, Juárez promulgó las otras reformas que tenían que ver con la Ley de la nacionalización de los bienes del clero, con la Ley del matrimonio civil, la cual establece que el matrimonio religioso no tiene validez oficial y la Ley del registro civil, declarando así, los nacimientos y defunciones con el Estado. La Ley de exclaustración de monjas y frailes, la cual prohibía la existencia de claustros o conventos. Y por último, la más importante, la Ley de libertad de cultos. Esta ley permitía que cada persona fuera libre de practicar y escoger el culto que deseaba. También prohibía el que se realizaran ceremonias fuera de las iglesias o templos.

La guerra de reforma duró tres años. En enero de 1861, los liberales vencen a los conservadores y Juárez regresa triunfante a la Ciudad de México.

Por todo lo anterior, soy una abuela orgullosamente laica.

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