Siempre he pensado que la Navidad fue hecha, en primer lugar, para los niños y, en segundo, para los abuelos. Por opuestas que nos parezcan, sin la presencia de estas dos generaciones las fiestas navideñas no resultan tan lucidoras como cuando las celebran abuelos y nietos juntos. Para la socióloga francesa y especialista en las tradiciones de todos los tiempos de la Navidad, Martyne Perrot, en el siglo XIX, la historia de la infancia y la de la vejez ofrecen para el historiador “una curiosa simetría”. Para esas fiestas eran los abuelos los que creaban la verdadera unión entre las familias burguesas. Bastaba con que empezara esta época para que cobraran, como en ningún periodo de su vida, un rol sumamente especial: el de testigos y garantes de la sucesión de las próximas generaciones. Eran los héroes romanescos y favoritos de los cuentos de Navidad, y eran también los protectores y los salvadores de la infancia huérfana y abandonada. ¿Cómo olvidar los cuentos de Navidad del escritor inglés Charles Dickens? ¿Cómo no recordar en estos días su maravilloso cuento A Christmas Carol (1843)? Pero sin duda mi cuento preferido era La Niña de los Fósforos de Hans Christian Andersen. Cómo lloraba cuando Antonia, mi hermana mayor, me leía el cuento de uno de los tomos del Tesoro de la Juventud:

“–¡Abuelita! –exclamó la pequeña–. ¡Llévame, contigo! Sé que te irás también cuando se apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad. Se apresuró a encender los fósforos que le quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y los fósforos brillaron con luz más clara que la del pleno día. Nunca la abuelita había sido tan alta y tan hermosa; tomó a la niña en sus brazos y, envueltas las dos en un gran resplandor, henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo. Estaban en la mansión de Dios Nuestro Señor”.

Ahora que ya me convertí en abuela me gusta mucho más, y hoy como nunca siento deseos de leerles el cuento a mis nietos, especialmente a María, de tres años, a quien por cierto le encanta jugar con los cerillos. Me pregunto si al escuchar el relato, ¿también lloraría con la niña de los fósforos? No hay duda de que, hoy por hoy, las “abuelitas” posmodernas nada tienen que ver con las abuelas como las imaginaba Andersen, las de ahora ya no usan chonguito ni son canosas ni arrugadas ni mucho menos jorobaditas. Si traspasáramos el cuento de Andersen a nuestros días, seguramente la abuela aparecería en el halo de la luz de los fósforos vestida con un par de jeans Calvin Klein, botas Ferragamo y muy restiradita, gracias a las manos del doctor Infante. Es evidente que en lugar de emprender el vuelo hacia las alturas, lo más seguro es que nieta y abuela lo emprenderían a cualquier centro comercial, pero no para estar “en la mansión de Dios Nuestro Señor”, sino en la mansión del Diablo, es decir, en todas las tiendas departamentales que ofrecen 6, 12 y hasta 18 meses sin intereses.

“La aparición del niño(a) como actor principal de la fiesta de Navidad tiene lugar en la época del siglo XIX. Muy pronto, el niño(a) se convertirá en el pretexto perfecto para reunir las generaciones. Pero junto con él (ella) son los abuelos los que ocuparán un lugar muy especial. Es así que la historia de la infancia y la historia de la vejez son una simetría curiosa, tal como lo constata Philippe Aries, los abuelos se vuelven los ‘educadores designados por el niño(a)’, como lo precisa Claudine Attias-Donfut. En el ideal de la familia burguesa, la Navidad es la celebración más representativa y en la cual estas dos generaciones ‘excluidas de la sociedad plenaria’ tomarán un papel predominante”, escribe Martyne Perrot en su espléndido ensayo: “Navidad, la majestad de los abuelos”, publicado en el libro: Le siècle des grands-parents (Edit. Autrement).

¡Vaya responsabilidad la que tenemos los abuelos, en especial en esta época, con los nietos! ¡Ojalá que no los consintiéramos tanto, ni los abrumáramos con tantos regalos! Si, en efecto, somos “la generación faro”, como se nos llama, aprovechemos ese privilegio para transmitirles, además de nuestro amor, todas las enseñanzas que obtuvimos de nuestros propios abuelos. Por ejemplo, el gusto por nuestras tradiciones navideñas tanto en lo que se refiere a la comida como en la literatura o en la música. Como abuelas, ¿por qué no hacerlos descubrir quién es realmente el abuelo, ese hombre un poco reservado y tímido? ¿Qué pasa con los abuelos de las parejas divorciadas? ¿Qué pasa con los abuelos de nietos huérfanos o abandonados? ¿Qué pasa con los abuelos muy pobres, ya jubilados y que no tienen dinero para comprarles regalos a sus nietos? ¿Qué podemos hacer con los abuelos que no están cercanos con sus nietos y viceversa? Y, por último nos preguntamos, ¿qué les pasa a esos abuelos que están en los asilos y que sus nietos no van a visitarlos ni siquiera en Navidad?

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