Querido Tomás:

La última vez que te escribí, en este mismo espacio, fue a propósito de la muerte de tu abuelo. Ahora, lo haré en relación a la muerte de un poeta mexicano, a quien también podríamos considerar como el abuelo de muchos jóvenes que aspiran convertirse, un día, en poetas. Tal vez estés tú entre ellos. Como dijo, hace muchos años, el filósofo francés Gaston Bachelard: “el poeta es aquel que tiene el poder de activar el despertar de la emoción poética en el alma del lector”. Eso era exactamente lo que provocaba la poesía de José Emilio Pacheco, un hombre fundamentalmente bueno, generoso y muy decente. Por su parte, el poeta Paul Eluard afirmaba que: “el poeta es aquel que inspira y el que está inspirado”. Por lo tanto los poetas tienen como misión “multiplicar en nosotros los momentos de emociones intensas que vivimos al tomar conciencia de la belleza que reina a nuestro derredor”. En otras palabras el poeta tiene la virtud de despertar al poeta dormido que cada quien lleva en sí. Nada me gustaría más que José Emilio Pacheco despertara la vocación de poeta de mi nieto mayor. En el caso del poeta muerto fueron Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes quienes le inspiraron las enormes ganas de ser poeta. Ya adulto cuando llegó a ser un poeta famoso decía: “Me gusta que la poesía sea la voz interior, la voz que nadie oye, la voz de la persona que la lee. Así el yo se vuelve tú, el tú se transforma en yo y del acto de leer nace el nosotros que sólo existe en ese momento íntimo y pleno de la lectura”.

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JEP, como solía firmar utilizando exclusivamente sus iniciales (odiaba las entrevistas, la fama y el protagonismo, a pesar de que fue Premio Reina Sofía, Premio Cervantes y otros muchos más) es muy leído por los jóvenes. De hecho, son ellos los que están más tristes con su muerte. En su novela más leída precisamente por los jóvenes, Las batallas en el desierto, el protagonista, Carlitos, un niño como tú, se enamora por primera vez. “Nunca pensé que la madre de Jim fuera tan joven, tan elegante y sobre todo tan hermosa. No supe qué decirle. No puedo describir lo que sentí cuando ella me dio la mano”. Dice la escritora y mi maestra, Elena Poniatowska, en un texto maravilloso que se llama “José Emilio Pacheco y los jóvenes” (La Jornada, 5 de julio 2009), que para el poeta, los amores verdaderamente desdichados, los amores terribles son los de los niños porque no tienen ninguna esperanza. “En cualquier otra época de tu vida puedes tener alguna mínima posibilidad de reunirte con la persona que amas, pero cuando eres niño tu historia de amor no tiene porvenir”. En la última página del libro, el poeta habla de la Roma, donde vive tu abuela. Habla con tristeza porque se refiere a los terribles cambios que ha sufrido la colonia, desde 1948, año en que se desarrolla la novela: “Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror, quién puede tener nostalgia. Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola. Nunca sabré si aún vive Mariana. Si viviera tendría sesenta años”.

De niño, JEP era muy preguntón como tú. Muy curioso, pero sobre todo, muy amante de los libros, así como tú. También como tú, siempre le gustaban las conversaciones de los mayores, pero sobre todo la vida de los insectos. Escucha lo que dice Elena alrededor de esta característica: “Desde joven, el propio José Emilio tuvo setenta años, desde joven se vio a sí mismo como testigo, fue un niño muy flaco al que le tenían que apretar la nariz para que comiera, desde niño intervenía en la conversación de sus mayores, desde niño resultó molesto porque inquiría acerca de lo que sucede. ‘En plena sala ante la familia reunida preguntó qué es un fornicador’ y la tía Socorro lo salvó de la reprobación al responderle: ‘Hay unas cajas de vidrio/ en que puedes meter hormigas/ para observar sus túneles y sus nidos/ Se llaman formicarios. Formicador es el hombre que estudia las hormigas’. Desde entonces en la poesía de José Emilio abundan las hormigas, las pulgas, las moscas, las chinches, los mosquitos y las termitas que tienen que compartir el aire con nosotros'”.

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Te confieso mi querido Tomás que tu abuela está triste muy triste. Tengo la impresión que con la muerte del poeta murieron todas las hojas de los árboles a los que solíamos recurrir para buscar un poco de sombra. No obstante, debo pensar, como decía el poeta Juan Gelman que la poesía “es un arbolito sin hojas que da sombra”. GL.

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