Para Carmen Aristegui

El pasado 13 de mayo se cumplieron cincuenta y cuatro años de la aprobación de la Píldora (con mayúscula) en Estados Unidos por la Administración de Drogas y Alimentos (FDA), acontecimiento fundamental que cambió por completo la concepción de las mujeres. Entonces las ahora “abuelas bien” mexicanas –cuyas edades oscilaban entre los veinte y treinta años en ese 1960–, ni se enteraron de este gran descubrimiento. Si acaso unos años después se empezó a hablar en su círculo social sobre el tema de la Píldora, siempre era con curiosidad, culpa, pero sobre todo con temor. Como buenas católicas, apostólicas, romanas, educadas en colegios de monjas (muchas de ellas al enterarse de que ya existía la Píldora repensaron sus deseos de hacerse monjas), y con los ejemplos de sus respectivas madres y abuelas, el uso de la Píldora las desconcertaba tremendamente. “Ay, muchas mujeres van a empezar a engañar a sus maridos”. “¡Qué peligroso eso de la Píldora, porque las jóvenes van a perder su virginidad antes del matrimonio!”. “Ya va a ser una acostadera tremenda”. “Las mujeres van a ser como los hombres”, etcétera, etcétera. Para no embarazarse cada año, lo único que se permitían estas niñas bien era el método del ritmo, pero como para algunas no funcionaba, por ser irregulares, no tenían de otra más que recurrir a la abstención, especialmente las más devotas.

¿Cómo eran las abuelas bien de hoy en la década de los sesenta? ¿Hablaban de esto con sus maridos? ¿Cómo respondían estos juniors alemanistas ante la posibilidad de planear la familia con más eficacia y con mejores resultados que con lo que aconsejaban los sacerdotes?

Las más modernas y liberales, educadasen Estados Unidos, como por ejemplo en el Ramona College de California, eran más abiertas y, sin duda, estaban mejor informadas que sus amigas educadas en colegios locales. Las primeras ya habían leído la novela Peyton Place, de Grace Metalious, de 1956. No hay que olvidar que este libro relata las vicisitudes y los problemas de una madre soltera, y que guardaba el secreto constantemente atemorizada de que la descubrieran, a la vez que le exigía a su hija, producto de su pecado, un comportamiento que ella no tuvo.

Esta novela impresionaba mucho a estas niñas bien porque conocían casos de amigas cercanas que se habían embarazado antes del matrimonio y habían sido cobardemente abandonadas por el novio. Puesto que el aborto no se pensaba como una solución, muchos padres de estas “desgraciadas” hacían pasar al bebé como hijo(a) propio. Obviamente, estas jóvenes sabían que en su medio tan conservador había mucha hipocresía, mucha injusticia, mucha incomprensión, pero especialmente mucho miedo. “¿Te das cuenta del desprestigio social que esto significa? ¿Qué va a decir la gente?”. “¡Qué poca vergüenza!, ¿cómo pudiste haberle hecho esto a tu padre y a tu hermano?”. “Ni modo, nos vamos a San Diego y allí tienes al bebé”. ¡Cuántas familias de los trescientos y algunos más pasaron por esta situación…! Por todos estos antecedentes, la gran mayoría de estas señoras recomendaba a sus hijas tomar la Píldora, pero eso sí, no a las solteras.

La revista Time del 3 de mayo y cuya portada está dedicada a the Pill, dice que: “Para 1967, no eran muchas las jóvenes que corrían a comprar la Píldora. Muchas se encontraban incómodas con la idea de la premeditación; nice girls (las niñas bien fresa) podían ser arrastradas por la pasión del momento, pero no tomaban precauciones. En cambio, con las notorias fast girls (las niñas bien liberadas) el consenso tanto de médicos como de sociólogos es que una chica que es promiscua con la Píldora, también lo sería sin ella. En una conferencia en un centro vacacional californiano, un siquiatra le preguntó a treinta madres si permitirían que sus hijas adolescentes tomaran la Píldora. Unas cuantas dijeron que no, la mayoría estaba indecisa y una admitió que disolvía la Píldora en el vaso de leche de su hija, en el desayuno”, escribió el semanario estadounidense.

Por otro lado, muchas de estas ahora abuelas optaban por mejor no meterse en la vida sexual de sus hijos. De ahí que nunca se tocara el tema… Sin embargo, entre sus amigas empezaron a hablar de las ventajas de la Píldora. “Eso sí, no pienso llenarme de hijos como mi mamá”. “Me estoy llevando fatal con mi marido, no me voy a embarazar con un tercero”. “Soy una mujer divorciada, y no quiero más hijos, así es que gracias, the Pill, ¡viva el sexo!”.

Hoy por hoy, ¿cómo son las abuelas empildoradas, es decir, aquellas que diez años después de haberse descubierto la Píldora ya se acostaban con el novio y las recién casadas que desde el primer mes se protegían? Estas “abuelas bien 2010”, que eran jóvenes en los setenta, ahora son las primeras en aconsejarles la Píldora a sus hijas, a sus nueras y, naturalmente, hasta a sus nietas. Incluso las acompañan a la farmacia para comprarlas. “¿Qué marca usas, m’hijita? ¿Verdad que no nada más tomas la Píldora los fines de semana? ¿Quieres que también compremos algunos condones? ¡Que diga misa el Papa, pero a tu edad, m’hijita, ya tienes que tomar la Píldora!”.

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