Por Guadalupe Loaeza

El pasado lunes 13 nos amanecimos con dos malas noticias; dos desapariciones y dos fallecimientos de dos escritores cuyas obras han marcado dos generaciones. Cada uno de ellos vivía en dos continentes muy diferentes entre sí, sin embargo, sus libros se volvieron emblemáticos para lectores ávidos por entender la historia de Europa y de América Latina. Entender, por ejemplo, la Segunda Guerra Mundial y por qué Latinoamérica padeció, durante tantos años, explotaciones de las grandes multinacionales de Estados Unidos. El Premio Nobel de Literatura murió a los 87 años. El narrador uruguayo, Premio Casa de las Américas, de la otra historia de América Latina, tenía 74 años. Respecto a sus numerosas obras literarias nada más hablaremos de uno de sus libros más emblemáticos y lo que significaron en su respectiva vida.

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Así como el papá del pequeño Oskar de El tambor de hojalata se traga una suástica justo en el momento en que los rusos entran al sótano en donde la familia se encontraba oculta, de la misma manera el autor de la novela homónima se tragó otra cruz gamada. Durante más de 60 años la tuvo atorada en la garganta. No fue sino hasta el 12 de agosto del 2006 que en una entrevista de televisión decidió “escupir” aquella suástica, la cual a lo largo de tanto tiempo parecía asfixiarlo al no poder gritar algo que lo avergonzaba profundamente: su colaboración en las Waffen SS del Tercer Reich. “Lo que había aceptado con orgullo en mis años de juventud quise callar después de la guerra por una vergüenza creciente. Pero la carga quedó y nada pudo aligerarla”, dijo. Lo único que había que hacer era confesar. Confesar su culpa. Esa culpa que no se la quitaba ni el Premio Nobel de Literatura en 1999, ni todos los honores de que siempre fue objeto no nada más en Alemania.

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No hay duda de que la confesión de Günter Grass destapó, como un corcho que llevaba mucho tiempo cerrando una botella, miles de conciencias, la mayoría de ellas pertenecientes a las generaciones de la guerra y la posguerra, para los jóvenes, sin embargo, el asunto no tiene las mismas dimensiones. Curiosamente el también Príncipe de Asturias ya había hecho años atrás esta confesión, la cual está en los archivos de la Wehrmacht en Berlín. Estos están abiertos a todo público. Lo más extraño de todo es que nadie había reparado en ello.

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Hablemos ahora del libro más famoso del escritor uruguayo siempre congruente con sus convicciones, Las venas abiertas de América Latina, obra indispensable para entendernos como latinoamericanos. El autor exiliado durante la dictadura de su país decía que nunca había releído su libro. Afirmaba que cuando lo escribió era demasiado joven (31años) “sin formación real y que el lenguaje era demasiado farragoso, que ahora no lo escribiría así” (El País). Qué tan política será esta obra que en el 2009, durante la Cumbre de las Américas, el ex presidente de Venezuela Hugo Chávez se levantó de su lugar y le entregó a Obama un ejemplar dedicado de Las venas abiertas… El presidente de Estados Unidos estaba sentado al lado de Michelle Bachelet. Al ver venir a Chávez hacia él, se puso de pie, lo saludó con cara de asombro y tomó el libro. En seguida se volvió a sentar y empezó a hojear la obra. Ignoramos si el presidente Obama lo leyó o pidió que le hicieran un resumen. Tal vez ignoraba en esos momentos que el autor, premio Stig Dagerman, había vivido varios años en Venezuela, en donde era corresponsal de Prensa Latina y apoyador de ese “extraño dictador” como solía llamar a Chávez. Ojalá que Obama hubiera leído por lo menos parte de la introducción del libro para entender a toda una población que ha padecido todo tipo de intervenciones extranjeras. “Es América Latina, la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento hasta nuestros días, todo se ha trasmutado siempre en capital europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder. (…) El modo de producción y la estructura de clases de cada lugar han sido sucesivamente determinados, desde afuera, por su incorporación al engranaje universal del capitalismo. A cada cual se le ha asignado una función, siempre en beneficio del desarrollo de la metrópoli extranjera de turno, y se ha hecho infinita la cadena de las dependencias sucesivas, que tiene mucho más de dos eslabones, y que por cierto también comprende, dentro de América Latina, la opresión de los países pequeños por sus vecinos mayores y, fronteras adentro de cada país, la explotación que las grandes ciudades y los puertos ejercen sobre sus fuentes internas de víveres y mano de obra”.

Sin duda las desapariciones tanto de Günter Grass como de Eduardo Galeano dejan un vacío no nada más en las letras universales, sino en nuestro corazón.

gloaezatovar@yahoo.com

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