Por Guadalupe Loaeza

“Invito a concierto de campaña en el que tocaré con la Orquesta Clásica de México. La vida pública no está reñida con valores humanistas”, escribió en su twitter, el 30 de mayo, Héctor Vasconcelos, candidato para jefe delegacional de la Miguel Hidalgo por Morena. Días antes de su cierre de campaña, redactó otro que decía: “La reducción del 50% de mi salario que he ofrecido en caso de ser electo a la MH, deseo que se destine a la Ciudad Perdida de Tacubaya”. Esta es la vecindad más pobre de la colonia del mismo nombre cuyos laberintos sirven como refugio para los delincuentes. En medio de sus callejuelas, e impresionado por la extrema pobreza en la que viven los vecinos, el candidato Vasconcelos dijo en su discurso: “La Ciudad Perdida de Tacubaya ya es una demostración de que el infierno no solo existe en las páginas de La Divina Comedia, sino aquí en medio de la Delegación”. Hay que decir que Vasconcelos invitó a todos los demás candidatos para la Miguel Hidalgo, a la ciudad perdida, y todos declinaron.

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La honestidad y ética de Héctor Vasconcelos no tienen límites. Sin duda, de la mayoría de los candidatos de las elecciones internas del 2015, Vasconcelos es el más honrado, el más confiable, cuya palabra es inquebrantable. A Héctor no lo graba nadie porque no tiene nada que ocultar, no tiene propiedades. Su patrimonio consiste en las obras originales de su padre, José Vasconcelos, los discos de los conciertos de su madre, Esperanza Cruz, y las cartas de amor entre ambos. De hecho, el candidato ya presentó su declaración, la llamada 3de3: patrimonial, fiscal y de intereses. Héctor Vasconcelos, egresado de la universidad de Harvard, de Oxford y Cambridge, es un caballero. Héctor Vasconcelos, ex director del Festival Internacional Cervantino, cónsul de Boston y embajador en Dinamarca e Islandia, no es el típico político rapaz y oportunista. Héctor Vasconcelos es un hombre culto, amante de los perros San Bernardo y el mejor alumno que tuvo, a lo largo de toda su vida musical, el maestro Claudio Arrau. Sin embargo, quiero pensar que lo más importante de la trayectoria de Héctor Vasconcelos son sus tres libros de música: Cuatro aproximaciones al Arte de Arrau, Perfiles del sonido y Para entender la música clásica. No resulta entonces extraño que entre sus quince propuestas, la décima sea: “Creación de la Orquesta Sinfónica Juvenil Miguel Hidalgo, constituida por jóvenes de escasos recursos”. Culto como es Héctor Vasconcelos, tampoco nos sorprende que la séptima y octava tengan que ver, respectivamente, con la cultura: “Conversión de la sede de la delegación (salvo las oficinas administrativas) en un centro cultural”. “Construcción de una importante Biblioteca Miguel Hidalgo, posiblemente en el antiguo Pensil Mexicano”.

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Héctor Vasconcelos no se trata del típico político rapaz y oportunista. Su universo personal es tan amplio y rico que no requiere de satisfacciones materiales y mucho menos de “grillas” estériles. Uno de sus autores de cabecera es el filósofo franco-rumano E. M. Cioran; su poema predilecto es “Muerte Sin Fin” de Gorostiza y su compositor favorito es Schubert. Aparte de la genuina preocupación por la desi-gualdad de nuestro país, una de las obsesiones de Héctor Vasconcelos es el combate a la corrupción. Por ello, dijo el día del cierre de campaña: “Nosotros no venimos a ver qué nos llevamos, sino a ver qué aportamos”. Héctor Vasconcelos es un político distinto, que no se parece en nada a los demás, que a diferencia de la aspirante del PAN “no se ha enriquecido con dudosos contratos multimillonarios”.

Mientras el domingo pasado escuchaba a Héctor Vasconcelos interpretar a Mozart junto con la Orquesta Clásica de México, y la dirección de Carlos Esteva, pensaba que seguramente era el único político mexicano que cerraba una campaña política con un concierto. “He allí un antídoto espléndido contra la violencia”, pensaba desde mi lugar. No muy lejos de nosotros, se encontraban Muñoz Ledo, Manuel Bartlett y el maestro Carlos Prieto acompañado por su guapísima esposa. El numeroso público que se encontraba en la carpa colocada muy cerca del reloj del Parque Lincoln lo escuchaba con reverencia. Era un acto político, pero también era un acto que nos hablaba de cultura y de paz. En tanto seguía deleitándome con las notas del Rondo de Concierto para piano y orquesta en Re Mayor K. 382 (YouTube), me acordé lo que José Vasconcelos le escribió a Esperanza Cruz, en un ejemplar de Ulises Criollo: “Su música es pasión que se depura y aclara en los moldes de una alegría inocente, que por lo mismo, evoca las infinitas potencialidades de lo trascendental”.

Si viviera en la Miguel Hidalgo, con los ojos cerrados votaría por Héctor Vasconcelos.

gloaezatovar@yahoo.com

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