Por Guadalupe Loaeza

Querido Miguel Ángel:

Qué afortunada soy de poderte escribir una carta pública. Una carta que intentará expresarte, con toda mi admiración y respeto, la bienvenida a mi país a 29 de tus obras, así como 45 piezas de artistas que estuvieron cercanos a ti. Gracias a un esfuerzo descomunal por parte de Conaculta desde el 26 de junio duermen, perfectamente bien custodiados, en suelo mexicano el Cristo Portacroce o Cristo Giustiniani (cuyo rostro no concluiste porque encontraste una veta negra en el mármol blanco, por lo cual tuvo que ser terminado por otro artista) y el David-Apolo (que se cree hace referencia a tu gran obra David dado que en la parte inferior hay una protuberancia que podría ser del gigante Goliat, pero otros dicen que es Apolo por la actitud de tomar una flecha de la espalda). Maravillosas esculturas rodeadas por tus bocetos preparatorios de El juicio final que decora el ábside de la Capilla Sixtina y otros estudios de Adán de la Expulsión del Paraíso. Te acompañan en esta espléndida exposición titulada Miguel Ángel Buonarroti. Un artista entre dos mundos, 26 autores.

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Te he de decir, mi querido Miguel Ángel, que no estás solo en el Palacio de Bellas Artes, a unos metros de tu exposición, se encuentra la muestra de Leonardo da Vinci, a quien conociste siendo tú muy joven. Entonces, él tenía más de 50 años, ya había pintado La última cena y era un artista sumamente reconocido. Diez días después de ese encuentro llegaba a Florencia tu maravillosa escultura del David. Muchas biografías los describen como enemigos, lo cual me apena mucho en lo personal. Su desencuentro lo narra el crítico de arte Jonathan Jones en su libro Las Batallas Perdidas, Leonardo, Miguel Angel y el duelo artístico que definió el Renacimiento. Su enfrentamiento fue público. Ocurrió cuando Da Vinci caminaba cerca del Palazzo Spini. He aquí cómo lo cuenta Jones:

“Había un grupo de caballeros reunidos debatiendo un pasaje de la poesía de Dante. Llamaron a Leonardo, para pedirle que se los explicara. Y dio la casualidad de que Miguel Ángel también pasó por ahí y uno de los caballeros lo llamó. Y Leonardo dijo: ‘Miguel Ángel se los explicará’. A Miguel Ángel le pareció que se estaba burlando de él y respondió enojado: ‘Acláreselo usted, que diseñó un caballo para fundirlo en bronce y, al no poder hacerlo, tuvo que abandonarlo, cubriéndose de vergüenza’. Habiendo dicho eso, dio la espalda y se fue. Leonardo se quedó ahí, rojo de la ira”.

¿Te acuerdas de este hecho tan desafortunado, mi querido Miguel Ángel? Seguramente tú tienes tu versión. A lo mejor, andando el tiempo, tuvieron oportunidad de reconciliarse. Si no fue así, ¿por qué no aprovechar estos días de la exposición de ambos que se presenta en Bellas Artes, para hacer las paces? Después se podrían ir a brindar por la reconciliación a la plaza Garibaldi, o bien a la Plaza Río de Janeiro donde, por cierto, se encuentra una réplica, de una réplica, de una réplica de tu imponente David.

Te confieso, mi querido Miguel Ángel, que no conozco el original de una de las obras más famosas de la historia del arte. Me apena mucho comunicarte que tu escultura presentaba algunas pequeñas fracturas en la parte inferior de sus piernas. No te preocupes, las repararon en el 2004, cuando cumplió 500 años. (Te recuerdo que también le cayó un rayo en 1512, le tiraron un brazo en 1527 y lo limpiaron con ácido clorhídrico, como a nuestro Caballito, y le quitaron la pátina 1843). Me gusta mucho la forma en que te refieres a tu David en tu diario: “Cuando volví, me encontré con que era famoso. El consejo de la ciudad me pidió que sacara un David colosal de un bloque de mármol, ¡dañado!, de casi seis metros”. Más de tres años estuviste trabajando en la obra. ¿Te acuerdas cómo batallaste para que fuera colocada justo ante el Palazzo Vecchio? Insistías en esto para que fuera considerada “como un símbolo de nuestra república”. Se necesitaron 40 hombres y cinco días de trabajo para moverla hasta allí. Ahora, desde 1910, el David que se alza en la Plaza de la Señoría solo es una copia. El original está en la Galería de la Academia de Florencia. Parece increíble que cuando lo empezaste apenas tenías 26 años. Surgió como arte de magia, de un único bloque de mármol, “lleno de defectos”.

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Sinceramente te digo, mi querido Miguel Ángel, que el David de la Roma (mi colonia) no mide 5.16 metros de altura, ni pesa 5.5 toneladas. Es más modesto, no es de mármol de Carrara, pero está en medio de una fuente en la cual juegan muchos niños y varios perros.

Con todo respeto te digo que su nalga izquierda da justo a mi ventana desde donde te escribo esta carta. Gracias a ti, algunos taxistas del Distrito Federal conocen la Plaza Río de Janeiro como la plaza del David.

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gloaezatovar@yahoo.com

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