Por Guadalupe Loaeza

Mañana, viernes 7 de agosto, se cumplirán 41 años de la lamentable muerte de Rosario Castellanos. Esa noche la autora de Balún Canán salió del baño con los pies o las manos mojadas. Prendió la lámpara de la sala de la residencia de la embajada de México en Tel Aviv, cuando súbitamente vino una descarga eléctrica. Hay que decir que la corriente en Israel es de 220 voltios, y no de 110 como en México. “Tengo en la memoria de niño haber llegado un día, conectarla y salir botado por el golpe”, recuerda su hijo, Gabriel. Entonces él tenía 12, casi 13 años. Lo que más recuerda de la escritora, que vivió prácticamente toda su vida en Comitán, era que se reía de todo, “incluso de sí misma”. La evoca, igualmente, “leyendo sola o leyendo conmigo. Los libros fueron nuestra forma de acercarnos. ¿Su herencia? El respeto por las ideas, la lectura, los grupos desfavorecidos y, por supuesto, las mujeres”. (Milenio, 25 de mayo 2015). Dicen los biógrafos de Rosario Castellanos que los años más felices y satisfactorios de su vida fueron durante su estancia en Israel.

 rosario1

Sin haber tenido el privilegio de conocerla personalmente, cuando pienso en mi Rosario Castellanos, la misma que me ha acompañado a lo largo de diferentes etapas de mi vida, quiero pensar que en su fuero interno nunca la abandonó la niña triste y frágil cuya culpabilidad resurgía a la menor provocación. En una de sus cartas dirigidas a su marido, el filósofo Ricardo Guerra, escrita desde Comitán el 7 de agosto de 1950, le dice: “¿No le ha pasado nunca eso de sentirse inexistente? Pues en mí esa inexistencia es una mala costumbre adquirida en mi infancia. Sucede que era yo flaca y horrible. Pero tan flaca que ya casi no tenía yo cuerpo y entonces me sentía yo vagando por el aire como un puro fantasma. Luego en las noches me dedicaba yo a soñar que estaba muerta y al día siguiente no podía yo acertar a sentirme viva”. ¿Cuántas mujeres no hemos padecido esa sensación de inexistencia? ¿Cuántas, desde niñas, no optamos mejor por borrarnos con una goma gigante antes de sentirnos transparentes frente a los demás? Y, ¿cuántas no asumimos resignadas nuestra propia devaluación? Dice Elena Poniatowska que Rosario Castellanos nació devaluada, “y solo deja de acusarse y encontrarse culpable al final de su vida”. Cuando Rosario era niña, tenía un hermano menor que ella, quien murió de una crisis de apendicitis. Sus padres le dieron a entender que era una injusticia que el varón de la casa hubiera muerto y que en cambio ella continuara viva. “Siempre me sentí un poco culpable de existir; durante todos esos años hubiera querido pedir perdón a todos por estar viviendo y me sentía yo culpable… (…) Allí tiene usted la raíz de todo; una raíz amarga y difícilmente extirpable”, le escribe Rosario a Ricardo Guerra.

51-150x150 121-150x150 31-150x150 13-150x150 11-150x150 2-150x150

Por otro lado, dice José Emilio Pacheco que en Rosario habitaban dos personas distintas: “una escribía los poemas más trágicos y dolorosos de la literatura mexicana; y otra se presentaba al mundo bajo un aspecto de tal manera gentil y risueño que sólo es posible recordarla con palabras que se dijeron de otro poeta: ‘Su presencia era mágica y traía felicidad'”. Por su parte, Pável Granados cuenta que un día en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM se quedó sin luz, era su clase de la noche y todos se dirigieron rumbo a la salida. Un joven se acercó a ella para ayudarla a bajar las escaleras, Rosario se decía: “Ojalá que no regrese la luz y este joven vea a esta señora”.

Confieso que durante muchos años me incliné por Rosario la triste, la devaluada e insegura. Desconocía a la Rosario que tenía gran sentido del humor cuyo sarcasmo inteligente y perspicaz se advierte en muchos de sus textos periodísticos. Gracias a los tres volúmenes publicados por Conaculta, Mujer de Palabras, ahora siento que la quiero doblemente y la admiro más. Sin exagerar declararía que de su obra me gusta todo: los cuentos, los ensayos, las cartas, las novelas, textos periodísticos y sus relatos autobiográficos. Me gusta su compromiso hacia las mujeres y los indígenas de Chiapas. Me gusta su humor ácido cuando describe a las “copetudas”. Me gusta su admiración por Simone de Beauvoir y Simone Weil, así como hacia sus poetas: Sabines, Pellicer y Gorostiza. Me gustan sus análisis filosóficos respeto a la manera de ser de los mexicanos. Pero lo que más me gusta es su amor por su único hijo, Gabriel.

10

Mañana 7 de agosto a las 18:00 horas en punto en la sala de sesiones del Poder Legislativo del Estado de Chiapas, tendré el privilegio de recibir la medalla Rosario Castellanos. No hay más que agregar…

gloaezatovar@yahoo.com

Anuncios