Por Guadalupe Loaeza

“Para que no sea un acto tan convencional y solemne, ¿por qué mejor no vamos a un restaurante?”, propuso mi novio. “¿Una pedida de mano en un restaurante?”, pregunté desconcertada. “¿Por qué no? Los invito a cenar al mejor restaurante de México”, agregó. “¡Bellinghausen!”, exclamé. Sin duda era el restaurante de moda y el preferido de mis padres. Corría el mes de enero de 1970. Entonces en la Zona Rosa se encontraban los mejores hoteles, cafés, galerías, boutiques y restaurantes, entre ellos el Bellinghausen, a donde eran asiduos intelectuales, artistas y representantes del jet set mexicano. Como si los meseros hubieran intuido la importancia de la ocasión, nos atendieron de maravilla. Es cierto que, al entrar al Bellinghausen, mis padres saludaron al señor Álvarez, uno de los dueños, después de los señores Prendes, con muchísimo afecto.

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De alguna manera nos sentíamos en casa. Después del aperitivo, Mint Julep al estilo Veracruz con hierba mascabada con azúcar, ron, jerez, oporto y gotas de angostura, mi padre pidió, como siempre, su “Chemita” (corazón de la caña de filete, sellado por fuera y rojo por dentro, bañado con jugo de carne) con puré de papa y cebollitas a la francesa; mi madre, sesos en mantequilla; mi prometido, pescado “Rodrigo” (róbalo a la plancha salseado con cebolla, cilantro y aceite Maggi) y yo, una salchicha Frankfurt con chucrut. Durante la cena, doña Lola no hizo más que hablar de su amor y admiración por Francia. Mi padre no abría la boca más que para disfrutar de un bocado más de su “Chemita” y del excelente vino rojo español. Por mi parte, me preguntaba nerviosísima cuándo sería el momento en que el novio pediría mi mano. Llegó el postre (gelatina de rompope y arroz con leche), el café y la cuenta, pero nada de la pedida de mano. “Ya se arrepintió”, pensaba con un nudo en la garganta. Mi madre, seguramente igualmente tensa, porque “el hombre no se pronunciaba”, no dejaba de hablar de sus monjas francesas y de los reyes de Francia. Llegó el mesero con los abrigos. Estábamos a punto de ponernos de pie, cuando de pronto dijo el novio: “Un momento, por favor. Antes de irnos, quiero pedirles la mano de su hija”. Todos nos reímos y nos volvimos a sentar. “Le advierto que esta niña no sabe hacer nada: ni cocinar, ni coser. Eso sí, es muy simpática”, dijo doña Lola feliz por haber casado a una hija más de las ocho…

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Aún existe la mesa en donde finalmente pidieron mi mano, también está uno que otro de los meseros que nos atendieron tan amablemente aquella noche histórica, pero sobre todo, lo que se encuentra en el mismo lugar, en la misma calle y en el mismo número, es ¡el Bellinghausen!

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El 15 de agosto, el Bellinghausen cumplió 100 años. Me pregunto cuántas pedidas de mano han de haber ocurrido a lo largo de un siglo en ese legendario y muy entrañable restaurante para muchos mexicanos. Cuenta el médico, periodista, escritor y nieto del mismo nombre que su abuelo, Hermann Bellinghausen, con “pedigrí y sangre azul”, décimo hijo de una familia acomodada en la cual brillaban ingenieros y muchas monjas, que su vocación de cocinero sin duda resultaba muy poco conveniente para un noble. “(…) el hecho es que a comienzos del siglo mi abuelo era pinche en la corte de Cristiana. Existen fotos de sus pasteles monumentales y de los carruajes y castillos de hielo sobre las frondosísimas ensaladas que preparó para los reyes de Noruega”. Finalmente Bellinghausen llegó a México y fue a dar como cocinero del presidente Porfirio Díaz. “Como doña Carmelita era muy contrariable, él mismo, además de dirigirle la cocina, bajaba al mercado San Juan por los ingredientes. Los Díaz estaban a gusto con su chef, pero éste no aguantaba a la Romero Rubio, una cuentachiles de lo peor que le hacía la vida de cuadritos con el vuelto”.

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Después de la caída de Díaz y de la Decena Trágica, Bellinghausen puso un restaurante en 1913 llamado “La Culinaria”, sobre cuyo nombre se vio obligado de poner su apellido, ya que el nombre era muy “albureable”. Un tiempo después el restaurante pasó a las calles de Génova y finalmente a donde se encuentra actualmente, en Londres 95. Dice su nieto, que Hermann Bellinghausen nunca fue bueno para los negocios, de allí que se viera obligado a venderlo en los años cuarenta. A partir de entonces y ya en manos de la familia Álvarez, se han abierto varios restaurantes bajo la misma marca.

Dice el periodista que su abuelo, después de pasar el resto de su vida cocinando y cultivando una pequeña granja de gallinas, pavos y gansos, murió en 1958, “nos dejó como herencia su casa, con todo y la abuela Emilia”, que como Bellinghausen, también vino del Rhin.

gloaezatovar@yahoo.com

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