Por Guadalupe Loaeza

Más oportuno no podía ser. Especialmente en el contexto en que se encontraba un numeroso público en el Teatro Esperanza Iris, emocionado por encontrarse en la inauguración de la Segunda Conferencia Internacional sobre Ciudades del Aprendizaje (CICA, organizada por la UNESCO y el gobierno capitalino). Por añadidura, ayer por la mañana, mi Ciudad de México recibía, entre 12 ciudades más un reconocimiento por sus políticas públicas en educación y aprendizaje. Por ello, el texto que leyó la flamante secretaria de Educación del Distrito Federal, Alejandra Barrales, me pareció más que oportuno. No hay duda que nuestra ciudad nos dio muchas lecciones de vida, de ética y de humanismo durante el terremoto del 19 de septiembre de 1985. Y así lo dijo Alejandra: “Aprender a aprender parecería solo un juego de palabras, pero en realidad significa ahondar en el proceso a través del cual adquirimos o modificamos nuestras habilidades y capacidades, como resultado del estudio, la instrucción, el razonamiento, o la experiencia, sin importar que esta sea voluntaria o que nos tome por sorpresa, como hace 30 años lo vivimos los habitantes de esta, la Ciudad de México”. Todos la escuchábamos conmovidos. El filósofo francés Gilles Lipovetsky y Qian Tang, subdirector general de Educación de la UNESCO, se sujetaban aún más los audífonos. La que también no se perdía detalle de lo que decía Barrales era la directora y representante de la oficina de la UNESCO en México, Nuria Sanz. Querían entender qué era lo que habíamos aprendido a aprender a raíz del sismo. El sismo de 1985 fue un parteaguas en nuestra ciudad, aprendimos que lo que sabíamos de nuestra propia protección era insuficiente. “El Sismo del 85 desgarró el corazón de México, pero abrió sus ojos y las mentes de todos para recibir la experiencia y con ello el conocimiento. (…) Aprendimos sobre la marcha porque no nos quedaba de otra y era cuestión de vida o muerte, pero conforme fuimos recuperándonos, documentamos, y estudiamos sobre esa experiencia generando conocimiento que hemos especializado a lo largo de 30 años”.

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En esta segunda conferencia (la primera se celebró en Beijing, China, en 2013) la cual forma parte de la agenda educativa de la UNESCO para 2030, se encontraban entre el público alcaldes y representantes de más de 140 ciudades del mundo, en muchas de las cuales no suele temblar. De allí que las palabras de Alejandra Barrales los conmovieran aún más.

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También me gustó mucho lo que dijo el jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera: “Estoy seguro que para nuestro país, para todos los estados que conformamos la República Mexicana, esta va a ser una gran oportunidad para avanzar en los modelos; para entender que se requiere la suma de las tareas a lo largo de toda la vida, no solamente -como ya se señaló aquí- en los niveles de educación básica, superior o profesional, sino a lo largo de toda la vida, con la inclusión de las mujeres, de los adultos mayores, de los jóvenes, de los niños, a lo largo de toda su formación”.

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Dicho lo anterior el discurso que más me llegó por inteligente y preciso fue el de Gilles Lipovetsky. “No soy político, ni urbanista. Soy un filósofo y un observador”, dijo al empezar su intervención en francés. Además de señalar que era fundamental invertir en mecanismos que generaran conocimiento e inteligencia a nivel social, y que había que impulsar la educación y el desarrollo del potencial de los jóvenes, hizo hincapié en la importancia de programas que incluyeran la educación artística. Para él es importante el aprendizaje de ciencias sociales y tecnología, no por ello debe abandonarse el arte. Para Lipovetsky, el verdadero aprendizaje y empoderamiento de los ciudadanos es la inclusión de materias relacionadas con el arte dentro y fuera de la currícula escolar. Enseñar a los jóvenes más desprotegidos, por ejemplo, a tocar un instrumento, a pintar, a apreciar la danza y la música. Enseñarlos a valorarse, enseñarlos a descubrir su verdadero potencial y enseñarlos a acercarse al arte. Desafortunadamente no pudo terminar su intervención por falta de tiempo. “Creí que tenía una hora para hablar”, me dijo sorprendido quien recibiera en abril pasado el doctorado honoris causa que otorga la Universidad Veracruzana. Me conmovió especialmente volver a ver a Gilles Lipovetsky, a quien conozco desde hace 30 años. Nunca olvidaré el fin de semana que pasamos en Tepoztlán. Su obra La era del vacío sigue siendo mi libro de cabecera.

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gloaezatovar@yahoo.com

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