Por Guadalupe Loaeza

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En total, durante dos etapas de mi vida, viví cinco años y medio en Canadá: la infancia y la adolescencia. Empecemos con la primera, de la segunda, escribiré más adelante.

Tenía justo un año cuando mis padres nos anunciaron: “Vamos a vivir a Montreal, Canadá”. Mis cinco hermanas y mi único hermano se quedaron estupefactos. “Es un país precioso en donde aprenderán a hablar inglés y francés. Conocerán la nieve y patinarán sobre el hielo”, entre más intentaba doña Lola explicarnos las maravillas que nos esperaban, más nos intrigaba ese país tan lejano. Lo que entonces no sabíamos aún era la razón del viaje, mi padre había sido designado como primer representante permanente de México ante el Consejo de la Organización de Aviación Civil Internacional con sede en Montreal, Canadá.

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Fue sin duda un viaje difícil con tantos hijos cuyas edades fluctuaban entre los doce y un año de edad. Para darnos una mejor idea de nuestra llegada a Montreal, me permito transcribir un fragmento de la carta que escribió mi padre a su amigo don Manuel Gómez Morin:

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“Ya podrá usted imaginar la sensación que causábamos, pues no es muy usual ver a un matrimonio acompañado de siete niños de edad difícil y aún de un bebé de un año, Guadalupe, que tiene que ir en brazos de la nana; sobre todo al subir y bajar del avión y en Nueva York las gentes nos veían con ojos azorados y en algunas ocasiones con muy grande conmiseración; hasta tuvimos el incidente chusco de que una persona nos detuviera en la calle y de que nos recomendara a mi mujer y a mí, para nuestra tranquilidad, que acudiéramos al servicio de auxilios de la Salvation Army… A los cinco días de la llegada a Montreal, cinco niñas fueron internadas en el Villa Maria Convent, un colegio con amplios jardines, un estanque con patos y edificios de estilo provincia francesa en donde se encontraban las aulas, salones de recreo, de estudio y los dormitorios. La tristeza de la despedida de sus padres, el cambio de régimen y de vida aunado a la inquietud de oír un idioma que les era ajeno, resultó más leve de lo que suponían, pues la novedad y la facilidad con la que los niños pueden adaptarse a diferentes circunstancias les ayudó a integrarse al nuevo régimen escolar.

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Aprendieron el inglés con una extraordinaria rapidez y, finalmente, estuvieron encantadas con el cambio,
sencillamente, felices con la nieve y todas sus consecuencias”. Mi padre era de muy pocas palabras, por ello me llama la atención su descripción tan detallada. Sin embargo, comprendo que su amistad con don Manuel le infundía una gran confianza. Como le dice en una de sus epístolas del 3 de junio de 1947: “Después de mi mujer, a usted es la única persona a quien me atrevo a confiar todas mis dudas e incertidumbres, pues, hoy, como nunca, confío en su talento clarísimo, en su recto juicio, en su conocimiento de nosotros y de la gente, y en su corazón generoso y humano, y en esa certera visión que de las cosas tiene usted, que me lo figuro como con la capacidad de irse a una cuarta o quinta dimensión, desde la cual vislumbra usted lo que los demás somos incapaces de ver”.

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Un año después, el 13 de diciembre de 1948, don Enrique le escribe otra carta a don Manuel, contándole algo que sabía le llenaría de gusto al fundador del PAN: “Muy querido maestro: Hemos tenido una de las más grandes alegrías de nuestra vida ayer, 12 de diciembre, cuando se celebró en la iglesia de Notre Dame una emocionante función, solemne y pública. Por primera vez en esta ciudad de Montreal, en homenaje a Nuestra Señora la Virgen de Guadalupe. El Arzobispo de Montreal dijo la misa, las banderas de toda América se inclinaron ante Ella, le cantamos ‘Las mañanitas’ y el Himno Nacional Guadalupano y a partir del próximo domingo se dirá misa en la Catedral, en la Capilla en donde su imagen, en bellísima reproducción al óleo, ha sido colocada. Lo que más me satisface y llena de orgullo es que la iniciadora y alma de todo

 esto, desde el principio, ha sido Dolores, quien con su entusiasmo, logró como ella dice, poner ‘sal’ en el culto un tanto desabrido y frío de los católicos de estas latitudes, trayendo la devoción de nuestra Madre y Protectora. Recibió gran ayuda de parte del Padre Montemayor, a quien usted recordará, jesuita mexicano que estudia aquí y que se prestó excelentemente a colaborar, así como de otros sacerdotes mexicanos y latinoamericanos. Todo el mundo se prestó de muy buena gana y el resultado, emocionantísimo, es que la Guadalupana ha tomado su lugar aquí”.

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Me pregunto si esa misma Guadalupana no contribuyó al espléndido triunfo del Partido Liberal de Justin Trudeau, de religión católica, después de una década profundamente conservadora.

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gloaezatovar@yahoo.com

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