Por Guadalupe Loaeza

Hace 16 años que conozco a Adela Goldbard y confieso que nunca ha dejado de apantallarme. Entonces era una excelente universitaria de Letras Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Andando el tiempo se volvió no nada más maestra de literatura sino una espléndida fotógrafa egresada de la Escuela Activa y Centro de la Imagen. Sin dudarlo abandonó las letras para dedicarse de lleno a la fotografía. Inquieta como es Adela, comenzó a impartir distintos cursos en diferentes niveles en la Academia de Artes Visuales AAVI y en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”. Desde sus primeras exposiciones me volví su fan. Por ejemplo en el 2007, con los ojos cerrados, adquirí la fotografía que obtuvo el primer premio de la Octava edición de la Bienal de fotografía de Monterrey FEMSA, titulada Árbol de tunas, gracias a la cual fue merecedora de una residencia de trabajo en la Ecole Supérieure d’Art et Design de Saint-Etienne en Francia, además de haber sido becaria de The Tierney Fellowship por parte del Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo. Desde el 2005, ha tenido varias exposiciones individuales y ha participado en exposiciones colectivas en Alemania, Estados Unidos y Rusia. Su serie On the Road (En el camino) fue itinerante por todo México durante el 2011 y 2012. Me encantó; me encantaron los retratos de los paisajes por donde pasaron los personajes de la novela de Jack Kerouac. Por este trabajo, Adela recibió, en el 2012, el premio centenario para artistas emergentes y de carrera media en Zona MACO.

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Si por mí fuera cada vez que expone Adela Goldbard le daría un premio (de alguna manera lo hago al comprar su obra). Sí, la premiaría por su última exposición Paraalegorías, curada por Víctor Palacios, la cual realizó a partir de una nota de periódico que encontró respecto a que las ventas de la camioneta Ford Lobo negra con vidrios polarizados había caído, en los últimos años, por los suelos. ¿A qué se debía? A que la gente ya no se quería ver identificada con el narco. En la exposición que consta de tres instalaciones que reproducen ocho videos cortos, filmados en Tultepec, Estado de México, con ayuda de un grupo de artesanos pirotécnicos, la camioneta Ford Lobo explota. También explota un camión de Pemex, un cajero automático de un banco, del cual salen disparados centenas de billetes (¿falsos?) y un Oxxo. Vaya símbolos de nuestra época que nos hablan de los males de la sociedad mexicana: el narcotráfico, la ordeña de la gasolina, los abusos en los precios de los servicios de los bancos y establecimientos que no nada más venden fast food, sino celulares a muy bajo precio y sin el menor control, mismos que terminan entre los presos para los secuestros express. He aquí una forma artística de protesta política. Una forma festiva, la cual corresponde mucho con nuestra manera de enfrentarnos a la tragedia y a los hechos políticos. “En el caso específico de la quema de Judas la destrucción tiene que ver con la quema del mal en espacios públicos. Al momento de destruirse las figuras con pirotecnia, alegóricamente eliminan el mal. Me pareció interesante ver cómo esas tradiciones se desplazaron del ámbito religioso al político. Todavía muchas de las estructuras que construyen son diablos y demonios, pero otras son efigies de políticos como Elba Esther Gordillo, Carlos Salinas de Gortari, el político en turno al que se quiera quemar”, le comentó Adela a Sandra Sánchez de Excélsior (25 de octubre 2015).

La intención de Adela Goldbard no debería de sorprendernos. En los últimos años empezó a dedicarse a recolectar notas de periódico relacionadas con accidentes, ataques y explosiones que parecían no tener explicación. Algo que aprecio mucho de la obra de Adela es su gran sentido del humor: “La mayoría de mis proyectos recientes son en parte una parodia política, es por eso que la ironía y el sentido del humor son elementos importantísimos. Creo que esa es otra afinidad entre mi trabajo y las fiestas tradicionales como la Quema de Judas. El humor es un elemento central de nuestra cultura y ha sido una estrategia de comunicación muy importante en la historia de México como dan cuenta de ello las caricaturas políticas que tienen su origen en la segunda mitad del siglo XIX y las carpas de los años 20 y 30. La introducción del humor y la parodia en el periodismo responde a una estrategia mediática doble: para ampliar el alcance de la crítica dentro de la población y para evitar la censura”, le explicó a Saúl Hernández, de la revista Tierra Adentro.

 No hay duda, Adela es como los buenos vinos, entre más pasa el tiempo, también ella es mucho mejor. Su trabajo es más demoledor, más estético, pero sobre todo, más ¡explosivo!

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