Por Guadalupe Loaeza

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En esta ocasión Nueva York vive un otoño totalmente veraniego. Es decir que la caída de las hojas de los árboles brilla bajo los rayos de un sol inusual (23 grados). De allí que los peatones caminen por la calle como si se encontraran de vacaciones, con una sonrisa en los labios y sin la menor prisa. Qué tendrá esta ciudad tan atrayente que al recorrerla una tiene deseos de apropiársela y descubrirla en todas sus facetas, que van mucho más allá de las recomendaciones de las guías turísticas. Es tanta su energía que o revitaliza al máximo, o abruma e intimida. Por lo que a mí se refiere, aquí me siento como pez en el agua.

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Al otro día de mi llegada corrí hacia Morgan Library en Madison Avenue para ver la exposición Between Two Wars dedicada a la fase más creativa, que fue entre las dos guerras, de Ernest Hemingway. Me conmovió ver sus múltiples borradores de sus primeros cuentos y sus manuscritos de sus novelas como Por quién doblan las campanas y El viejo y el mar. La exposición también muestra la correspondencia entre Hemingway y sus amigos escritores expatriados en el París de los veinte como F. Scott Fitzgerald y Gertrude Stein. Vi asimismo cartas de Salinger, en las cuales le expresa su absoluta admiración. Las cartas a sus amores también son muy reveladoras. De todas ellas las que me llamaron más la atención fueron aquellas escritas con una profunda melancolía. Muchas aparecen tachadas y con diferentes tipos de escritura. Como dice Mario Vargas Llosa de la exposición de este personaje quien en realidad nada más mostraba una fachada de su personalidad: “…detrás de eso había un hombre desgarrado, con depresiones, desmoralizaciones, que buscaba en el alcohol una especie de salvación que no conseguía, que la lucha contra la impotencia, contra la falta de memoria, fue un drama de los últimos diez años de su vida y que, al final, acaba matándose derrotado por esos demonios de los que nunca pudo librarse”.

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Por la tarde fui al MoMA para ver las esculturas de Picasso. Mientras admiraba los casi 150 objetos que abarcan los años entre 1902 y 64, me acordé lo que había leído en la revista New Yorker que Pablo Picasso a pesar de que se le reconozca como el gran artista del siglo XX al final del día era más naturalmente escultor que pintor. Para mí fue una verdadera revelación descubrir una faceta más de este genio.

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Por la noche fui a ver una obra de teatro sumamente recomendada y premiada (ganó el Tony por el mejor musical 2015). Se llama Fun Home, basada en la novela del mismo nombre escrita por Alison Bechdel. Ella es una conocida caricaturista, nacida en 1960, primera en tratar el tema del lesbianismo en ese género. Desde 1983, su tira titulada Dykes to watch out for se publica en diferentes revistas. La novela y la obra de teatro son autobiográficas y están narradas de una manera tragicómica. Cuentan su niñez en la funeraria dirigida por su padre, quien resulta ser gay de clóset a pesar de todas las falsas apariencias. El meollo de la obra es el secreto de la familia y de qué manera repercute tanto en la esposa como en los tres hijos, aunado al despertar sexual de la protagonista (Alison), quien se percata de ser lesbiana. Me emocionó la referencia a la escritora francesa Colette, quien a finales del siglo XIX fue la primera escritora europea en referirse a la bisexualidad de su protagonista, Claudine. La obra de teatro está enmarcada por el eventual suicidio del padre. De esta obra todo me gustó por su originalidad tanto de forma como de contenido. La música en vivo es maravillosa. La escenografía súper creativa. Qué decir del trabajo de los actores, excelentes todos, especialmente las tres versiones de Alison, la niña, la adolescente y la adulta que narra la historia. Además, para mí fue una sorpresa la manera en que trataron la sexualidad y cómo el público lo recibía con tanta naturalidad. El tratamiento fue sutil, con humor pero nunca negando las complicaciones emocionales que la homosexualidad genera en las familias. Ojalá todos pudiéramos hablar de la misma manera de estos temas aún tan sensibles para muchos.

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No hay duda, los viajes ilustran. El martes por la noche me fui a la cama totalmente revitalizada por un cúmulo de vivencias y de reflexiones muy enriquecedoras. A la mañana siguiente no caminaba por las calles de Nueva York, todas asoleadas, sino que levitaba. Me dirigía al maravilloso emporio “Eataly”, donde no solo se pueden comprar exquisiteces italianas sino además probarlas ahí mismo. Aún me falta explorar las librerías y una que otra tiendita… para cerrar con broche de oro este viaje relámpago a Nueva York.

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