Por Guadalupe Loaeza.

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No hay duda, Alberto Bailleres es el anfitrión del lujo. Esto se puede percibir desde que una pone el primer pie en la entrada del Palacio de los Palacios. Impresionada como me encontraba desde que me topé con el espléndido edificio del almacén en forma piramidal, casi me quedé sin aliento al traspasar las grandes puertas que dan a un espacio imponente por su tamaño, por el mármol que cubre el suelo, por la iluminación, pero sobre todo por la gran oferta de boutiques de lujo (20 mil 950 piezas luminarias y candiles de led, 55 mil 200 m2 de pisos de mármol y porcelanatos). Para cualquier compradora, sea o no compulsiva, es como aterrizar en el mundo de Las mil y una noches. Allí están todas las marcas que hacen soñar: Hermés, Chanel, Daniel Espinosa, Tane, Loewe, Dolce & Gabbana, Givenchy, Jimmy Choo, Kenzo, Dior, Lanvin, Sonia Rykiel, Prada, Pomellato, Tiffany, Saint Laurent, Balenciaga, MiuMiu, Louis Vuitton y un largo etcétera de más de 500 marcas nacionales e internacionales. Me llamó mucho la atención que en la sección “Gourmet” hubiera productos españoles, como por ejemplo el jamón serrano (pata negra) 5 Jotas a 5 mil pesos el kilo, se advertían en mostradores ultramodernos varias “tapas”, y churros de El Moro. Esta selección seguramente se debe a que el señor Bailleres es un gran amante de España y de la fiesta taurina.

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Confieso que en tanto me paseaba entre tantas boutiques sentí una emoción contradictoria. Confieso que aún me encuentro de duelo respecto a los actos de terrorismo ocurridos en Francia y de nuestros desaparecidos, pero también confieso que no pude contener mi entusiasmo frente a esta grandiosa oferta. Oferta de todo tipo: de moda, de joyería, de artículos para escribir, cosméticos, perfumes, varios salones de té, de vajillas, de muebles, infinidad de aparatos de alta tecnología e incluso hasta un espacio especial para niños. Aunque podemos estar de acuerdo con el filósofo francés Gilles Lipovetsky, autor del libro El lujo eterno, al declarar que “la actual sociedad de hiperconsumo es muy difícil, porque los pobres o los que no tienen mucho dinero viven una frustración que no existía antes. Antes los pobres eran pobres y no esperaban un estándar de vida elevado. Hoy los hombres no se contentan con lo necesario, la gente de los barrios bajos también quiere ropa fina, autos, cosas bellas, y cuando esto no se tiene la gente se frustra, la estima es baja y se vive mal. Es una sociedad que por una parte nos aporta mucho, pero también frustra bastante. Globalmente hay menos miseria material, pero más miseria psicológica y de frustración”.

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Regresemos al mundo de los sueños. El concepto de la lujosísima tienda departamental me encantó. En estos momentos tan difíciles que atraviesa nuestro país, celebré la osadía y la visión de un empresario mexicano que se la juega por México (entre todas sus empresas cuenta con 50 mil empleados). Sé que recibió muchas críticas con razón y sin razón. Pero imagino que una apuesta hacia el futuro siempre está expuesta a estas críticas. Por otro lado, imagino igualmente que cuando se inauguró, el miércoles 1o. de julio de 1891, el primer Palacio de Hierro en la Ciudad de México, tampoco debió de haber sido del gusto de todos. Seguramente fue muy criticado por sus terminados de lujo (Art Nouveau y Art Deco), sus cinco pisos y su estructura metálica.

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No porque no exista el mercado de lujo, va a dejar de existir la lamentable pobreza y desigualdad de nuestro país. No podemos negar la realidad, lo cual no quiere decir que no aspiremos a mejores sueldos, a buenos hospitales y a escuelas para todos. No podemos exigir a un empresario que haga la labor que le corresponde al gobierno. Si Joseph Tron y Joseph Léautaud, los primeros socios del primer Palacio de Hierro, confiaron en el país en el 1864, no obstante se encontraba dividido en liberales y conservadores, en plena invasión francesa, Bailleres al invertir 300 millones de dólares en este proyecto, igual que los fundadores del almacén, el empresario nos manda el mensaje de que sí cree en México a pesar de sus crisis. Como dijera el presidente del grupo Bal en su discurso frente al Senado al recibir la medalla Belisario Domínguez: “Cuanto más complejo se hace el mundo, más creativos debemos de ser para enfrentar sus retos. Las consecuencias de la falta de creatividad pueden ser graves. Lo más probable es que las organizaciones que permanezcan inmóviles, atascadas a las viejas costumbres sean barridas por los innovadores”. Dicho lo anterior es mejor que un mexicano invierta en su país en vez de que lo haga un empresario norteamericano.

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¿Qué hubieran dicho mi abuela y mi madre, grandes clientas de esta gran tienda de El Palacio de los Palacios? Estoy segura que les hubiera encantado, aunque a lo mejor ninguna de las dos hubiera podido comprar… ¡nada!

 gloaezatovar@yahoo.com

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