Por Guadalupe Loaeza.

El martes por la noche se me apareció la Virgen de Guadalupe. Estaba yo en el Museo Soumaya de Plaza Loreto, en la inauguración de la muestra 50 Años del Centro de Estudios de Historia de México Carso Fundación Carlos Slim, admirando documentos maravillosos que van desde una carta firmada por Isabel La Católica apoyando el descubrimiento de América hasta un plano de la Ciudad de México de 1720, diseñado especialmente para organizar la recolección de la basura, cuando de pronto mis ojos se posaron en un retablo de “El gran acontecimiento con que se le apareció la Señora Reina del cielo Santa María, nuestra querida Madre de Guadalupe, aquí cerca de la Ciudad de México, en el lugar nombrado Tepeyac” de 1649, es decir, 118 años después de que apareciera la Virgen de Guadalupe en 1531. Ya entonces el gran cronista Bernardino de Sahagún advertía a sus hermanos que tuvieran cuidado con esta práctica de “sustitución”. El misionero fray Martín de León, en su libro Camino del cielo en lengua mexicana (1611), afirmaba que: “en la ciudad de México, en el cerro donde está Nuestra Señora de Guadalupe (los indios) adoraban un ídolo de una diosa que llamaban Tonantzin, que es Nuestra Madre, y que este mismo nombre dan a Nuestra Señora, y ellos siempre dicen que van a Tonantzin o que hacen fiesta a Tonantzin, y muchos de ellos lo entienden por lo antiguo y no por lo moderno de ahora”.

Guadalupana como soy, de toda la muestra de los documentos más representativos del Centro de Estudios de Historia, lo que me llamó más la atención fue la colección de libros de la época colonial, perfectamente bien conservados, sobre la Virgen de Guadalupe, “María Santísima exaltada en la América por el cielo, la tierra y el infierno”. Libros donde se publican sermones que nos explican el desarrollo del culto guadalupano. En 1555, el segundo arzobispo de México, fray Alonso de Montúfar, sensible a la relevancia que había cobrado el lugar como centro de peregrinación tanto de indígenas como de vecinos españoles, pasó la ermita a su jurisdicción. Se cree que él mandó colocar la imagen que actualmente se venera en la Basílica de Guadalupe, considerada como el “sagrado original”.

Dice la historiadora Alicia Mayer que, a partir de entonces, la figura de la Madre de Jesús resultó amplificada al máximo: ella era la gran perfección, la figura materna por excelencia y “la mediadora que socorría a los miserables”. Para muchos autores de las obras con sermones con los que cuenta la colección del Museo Soumaya, donde se había aparecido la Virgen era “el país afortunado” por tener como patrona a “La estrella del Norte de México, aparecida al rayar el día de la luz evangélica en este Nuevo Mundo, en la cumbre del Cerro de Tepeyac, orilla del mar Tezcucano, a un natural recién convertido: pintada tres días después milagrosamente en su tilma o capa de lienzo delante del Obispo y de su familia, en su casa obispal, para luz en la fé a los indios; para rumbo cierto a los españoles en la virtud; para serenidad de las tempestuosas inundaciones de la laguna”. Otro de los sermones afirma que “La maravilla immarcescible, y milagro continuado de María Santissima Señora Nvestra, en su prodigiosa imagen de Guadalvpe de México, compite con fu nuevo templo, que la copia: adelanta duraciones al cielo, que a fu efigie traslada: iguala permanencias con el augufto Sacramento, de quien imita la milagrofa prefencia en fu pintura. Sermón en el día octavo del novenario a la dedicación de fu magnífico templo, con el myfterio de la pvrificación, y día de la aparición” (sic). En uno de los tantos sermones del padre Francisco Xavier Lazcano de la Compañía de Jesús, dado en la Santa Iglesia Metropolitana el 10 de noviembre de 1756, predicaba que: “Maria Santissima pintandose milagrosamente en su bellisima imagen de Guadalupe de México, saluda a la Nueva España, y se constituye su patrona”.

Tanto fervor hacia la guadalupana no podía dejar indiferente al padre Fray Servando Teresa de Mier, de allí que haya escrito una Requisitoria contra el Sermón sobre la aparición de la Virgen de Guadalupe.

Para explicarse todo lo anterior, la historiadora Mayer recurre atinadamente a una cita de Octavio Paz: “los criollos buscaron en las entrañas de Tonantzin-Guadalupe a su verdadera madre. Una madre natural y sobrenatural, hecha de tierra americana y teología europea”.
La mejor manera de celebrar este sábado 12 de diciembre es ir con toda la familia al Museo Soumaya de Plaza Loreto para admirar la colección “nutrida de fuentes, tanto primarias como secundarias, además de una muestra magnífica de sermones de la época colonial sobre la Virgen de Guadalupe”.

Nunca como hoy me siento profundamente orgullosa de mi nombre y de mi guadalupanismo.

Guadalupe Loaeza

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