Por Guadalupe Loaeza.

Para Joaquín Talavera.

Esa mañana del 10 de enero, a pesar de que era domingo, los muchachos se despertaron más temprano que de costumbre. Tenían cita en la Plaza de Armas, el Palacio Municipal, la iglesia y el Monumento a los soldados mexicanos muertos en la batalla de Camarón que tuvo lugar el 30 de abril de 1863 entre las tropas mexicanas y las tropas francesas con motivo de la Guerra de Intervención que asoló a nuestro país en esos años. Sabían que todo el poblado de Camarón de Tejeda, Veracruz, tenía los ojos sobre ellos. Como jugadores del equipo Club Deportivo Camarón habían recibido tacos y unas sudaderas preciosas que habían enviado sus familiares desde Estados Unidos. Después de 30 años de intentar llegar a la final, por fin lo habían logrado.

La caravana partió a Córdoba cerca de las ocho de la mañana. En el autobús color blanco con amarillo que pertenecía a la línea Jamapa con el número 1872, iban madres, padres, hermanos, parientes y niños de todas las edades; en total eran 44 personas. Todo el mundo quería ver jugar el partido final de una liga de futbol en la categoría juvenil entre los equipos de Camarón y de Córdoba en el campo de Río Seco del municipio de Amatlán de los Reyes, muy cerquita de la ciudad de Córdoba. Aunque no lo querían demostrar, muchos de los jugadores se sentían cansados debido a la enorme cantidad de fiestas, posadas, bailes, ramas y demás jolgorios propios de la temporada, por ello ambos equipos habían decidido que el partido se llevaría a cabo ese día pero a las 10 de la mañana.

Uno de los pueblos por los que pasó el autobús fue Paso del Macho, cuyo nombre de cariño es El Macho, en el que hay un torre de piedra llamada Torre de los Franceses, la cual probablemente fue construida y usada por los ejércitos galos para vigilar las diligencias que abastecían a las tropas que se encontraban en el camino hacia la ciudad de Puebla.

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El entusiasmo por ver jugar y quizá ganar a su equipo rebasaba todos los límites del júbilo natural, no solamente entre los integrantes del equipo camaronense, sino entre toda la población, pues la proeza que habían realizado los jóvenes integrantes de ese equipo jamás se había presentado en la región.

Muchos niños soñaban con traer la copa para ponerla en la sala de trofeos del Palacio Municipal y otros para que estuviera junto a la Virgen de Guadalupe o junto a San José, Santo Patrón de la localidad. Seguramente los organizadores de la excursión pensaron que para que más aficionados fueran lo mejor era rentar un camión de pasajeros. Pero al empezar a descender hacia Atoyac el camión de la excursión, aunque la bajada no es demasiado violenta, iba tomando cada vez más velocidad, cuando el chofer quiso parar los frenos no respondieron, quizá en ese momento se acordó que nunca en su vida había pasado por ese sitio, que poco antes le habían dicho que su camión tiraba aceite y él había respondido “sí, así anda pero los frenos todavía agarran”, quizá pensó que al terminar la bajada chocaría con una barda gruesa muy vieja que estaba al final de la bajada, solo un milagro los hubiera podido detener, el chofer con su camión y sobre todo con su valiosa carga compuesta por seres buenos e inocentes se precipitó directamente hasta estrellarse en caída libre con el río Atoyac y las voluminosas piedras que componen su cauce.

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Murieron 24 personas. La mayoría jóvenes. Para que no sean nada más un número de muertos parte de una estadística como las que aparecen diariamente en la prensa mexicana, me permito recordar los nombres de algunos de ellos: Guillermo Aponte Oseguera de 18 años; Ramón Palacios Yobal de 16; Eder E. Herrera Cazarín de 22; Marilin Pérez Ortega de 22; Agustín Gómez Hernández de 23; Fátima Gómez Morales de 17; Risa María Cortez Actl de 17; José Ignacio Landeros Solís de 30; Miguel Angel Borbolla García de 30; William Martín Gómez Meneses de 26; Víctor Palacios Ortega de 50; Plutarco Molina Vera de 46; Noé Aquino Pérez, ex alcalde de Jamapa, de 43; José Antonio Hernández Méndez de 49; Jorge Luis Borbolla Méndez de 30; Arturo Luna Tejada de 27 y Jhonny Vázquez Álvarez de 32 años, chófer del autobús.

La final quedó cancelada, la ganó la muerte, por esa falta de previsión que sufre nuestro país en todo el transporte que no cumple con los reglamentos porque las autoridades no les exigen que lo hagan, que se exceden en el cupo normal de un autobús sin recibir ninguna multa o suspensión y que acaban con la vida de personas buenas e inocentes.

gloaezatovar@yahoo.com

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