Por Guadalupe Loaeza.

Soñé que me colgaba de una de las campanas de la Catedral para darle la bienvenida al Papa Francisco. Estaba yo en una de las dos torres, en donde albergan 35 campanas (en mi sueños me percaté que 10 de ellas estaban rajadas), cuando de pronto se apareció el diácono Ramón Parral, campanero mayor, y me dijo que me bajara de inmediato de allí. “¿Qué no se da cuenta, señora, que de la que está usted abrazada es la campana ‘Doña María’ la más antigua de todas, que pesa 7 toneladas y que por lo mismo puede dañarla?”. En realidad yo no me quería bajar ya que me había costado mucho trabajo subirme hasta el campanario. “De aquí no me baja nadie.

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Tuve que subir 60 escalones. Los cuales significan los trabajos del hombre, su reposo, su paso por las tinieblas y su encuentro con la posibilidad de subir al cielo…”, le respondí al campanero. “De todas las campanas, me gustó ésta porque es la que tiene la voz más grave y sonora. Además, es la única de aleación de bronce y plata. Es una heroína, ella es la que anunció la invasión estadounidense, además de que fue fundida para la primera catedral por órdenes de Hernán Cortés”, le dije mientras me columpiaba, abrazada a mi campana, de un lado a otro. “Además el Papa Francisco es apoyador de las mujeres. Él dijo: ‘Las mujeres son más importantes que los obispos y los sacerdotes para la Iglesia’”. Don Ramón se veía furioso. No era para menos, llevaba semanas practicando, afinando y memorizando la composición musical denominada Toque Francisco, compuesta especialmente para recibir al Santo Padre con las 25 campanas que comenzarían a tocar su repique solemne y constante desde su llegada al aeropuerto hasta la Nunciatura Apostólica, es decir a lo largo del trayecto que durará aproximadamente dos horas.

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Soñé que tiraba a lucas al campanero mayor y que en tanto seguía columpiándome de repente percibía entre muchos vanos (huecos o marcos donde no hay campanas) ingresar al Jefe de la Iglesia Católica por la calle 20 de Noviembre. Todas las campanas, incluyendo la mía, comenzaron a tocar aun con más intensidad el Toque Francisco. Ah, cómo les costaba trabajo a los 50 campaneros, mitad mujeres y mitad hombres, contratados especialmente para esta ocasión. Uno de ellos me dijo que existían tres tipos de campanas: las fijas, las cuales requerían de una cuerda para mover el badajo para tocarlas; las de esquila, que giran 360 grados para tocar, y las de martillo, utilizadas para interpretar melodías. Me fijé que ninguna de las campanas está mecanizada, todas son tocadas manualmente, de allí su sonido y su compás tan especial. Otro de los campaneros me explicó que su sonido mueve “fibras de júbilo o de melancolía” y que “las campanas resienten el estado de ánimo de quien las tañe”. Con la que más batallaban era con la más grande de todo el continente, llamada “Nuestra Señora de Guadalupe” y que se encuentra en el campanario poniente. Su badajo de 250 kilos iba y venía dando tumbos, mientras le respondía la campana más joven, “San Juan Diego”, consagrada en 2002 y tañida por un campanero adolescente.

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Soñé que estaba arriba de una de las azoteas cerca de la Basílica de Guadalupe, rentada nada más por unas horas, por 500 pesos. Al dueño de la azotea le recordé lo que dijo el Papa Francisco: “Les pido no ceder a un modelo económico que es idólatra. Que sacrifica vidas humanas en el altar del dinero y el beneficio”. En mi sueño escuchaba que, desde esas alturas del edificio, le gritaba a su Santidad que mejor se regresara a Roma porque había llegado al país del caos, de pecadores, de corruptos y del crimen organizado. A gritos, desde donde me encontraba, le sugería invitar al Vaticano a algunos de los padres de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, ya que como Jefe de Estado no le era posible entrevistarse con ellos en la Ciudad de México. “Están muy dolidos. Desesperanzados. Escucharlos les dará, si no esperanzas de recuperarlos, por lo menos se sentirán consolados por usted”.

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Soñé que regresaba al campanario de la Catedral para ver desde allí el Zócalo capitalino y cómo el jefe de la Ciudad de México le entregaba las llaves de la ciudad y un pergamino al huésped distinguido. Todo lo anterior frente a miles y miles de feligreses, sin una zona VIP ni reparto de boletos de entrada, y sin invitados especiales. Entre sueños, escuché que su Santidad decía: “El futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes o de las grandes potencias y las élites. Está en manos de los pueblos”.

Cuando me desperté tenía los ojos llenos de lágrimas y a lo lejos se oía el vuelo de las campanas.

gloaezatovar@yahoo.com

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