Por Guadalupe Loaeza.

Superficial y frívola como es Sofía, de todos los discursos dichos por el Papa Francisco durante su estadía en México, el que más le hizo eco en su corazón fue el que pronunció su Santidad en el encuentro con familias, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. No es que le interesara particularmente la exaltación de los valores de la familia, sino que le llamó la atención que el jefe de la Iglesia Católica se refiriera a una de sus obsesiones. Fue tal su sorpresa al ver y escuchar el evento en YouTube, que de inmediato se puso sus audífonos y como pudo escribió palabra por palabra de la alocución que le revelaba tantas y tantas verdades. “He aquí la verdad que estaba buscando”, pensaba, cada vez que aparecían las palabras clave para ella, las subrayaba con absoluto fervor.

“(…) prefiero una familia herida, que intenta todos los días conjugar el amor, a una familia y sociedad enferma por el encierro o la comodidad del miedo a amar. Prefiero una familia que una y otra vez intenta volver a empezar, a una familia y sociedad narcisista y obsesionada por el lujo y el confort. (…) Prefiero una familia con rostro cansado por la entrega, a familias con rostros maquillados que no han sabido de ternura y compasión. Prefiero un hombre y una mujer, don Aniceto y señora, con el rostro arrugado por las luchas de todos los días, que después de más de 50 años se siguen queriendo. (…) Y hablando de arrugas, para cambiar un poco el tema, recuerdo el testimonio de una gran actriz, actriz de cine, latinoamericana. Cuando ya casi sesentona comenzaba a mostrarse las arrugas de la cara, le aconsejaron un arreglo, un arreglito para poder seguir trabajando bien. Su respuesta fue muy clara: ‘Estas arrugas me costaron mucho trabajo, mucho esfuerzo, mucho dolor y una vida plena. Ni soñando las quiero tocar, son las huellas de mi historia’. Y siguió siendo una gran actriz. (…) Como dije antes, prefiero familias arrugadas, con heridas, con cicatrices pero que siguen andando, porque esas heridas, esas cicatrices, esas arrugas son fruto de la fidelidad, de un amor que no siempre les fue fácil”.

¡Cuántas veces sus amigas no le habían aconsejado a Sofía un arreglo, un arreglito para que se viera mejor y mucho más joven! ¡Cuántas veces no le reprocharon, estas mismas amigas “restiradas” (y estiradas), haber dejado pasar1 tanto tiempo sin haberse decidido hacerse un lifting (es nada más un pellizquito, afirmaba una de ellas), afirmándole que ahora era too late! Y, ¡cuántas veces se arrepintió, sin confesárselo a nadie, de no haberse por lo menos operado los ojos! Qué tan fuerte ha de haber sido la tentación de rejuvenecerse a como diera lugar, que una ocasión cayó. Sí, sucumbió a una que otra inyeccioncita de ese remedio diabólico que se llama bótox (que también funciona muy bien para el pelo). Ese día, el cual tiene muy presente, sintió que firmaba un acuerdo con el diablo. El resultado fue asombroso, pero nada más le duró menos de un año. Seguía pasando el tiempo y ella continuaba con el gusanito: “¿me hago un lifting o no me lo hago?”.

portrait of man stretching out his cheeks

A pesar de que actualmente ya no se cuece al primer hervor y que ha observado, no sin lamentarlo, a tantas de sus amigas casi desfiguradas y con una cara totalmente distinta con la que las conoció a causa de todos esos tratamientos, seguía preguntándose: “¿me lo hago o no me lo hago?”.

Lo que le sorprendía asimismo a Sofía era ver cómo también los hombres recurrían a las operaciones faciales o al bótox. Bastaba descubrir en un noticiario a cualquier político sesentón, empresario, conductor de noticiarios, o incluso obispo, con el entrecejo muy marcado o con el rostro flácido, para que al otro día, en el mismo espacio, lo advirtiera rozagante y rejuvenecido, pero eso sí, con una expresión de cara sumamente patética. Eran los mismos que no tienen empacho de pintarse el pelo, de ponerse carillas en todos los dientes y hasta de maquillarse.

Casos como los anteriores, especialmente tratándose de hombres, la hacían dudar. Pero ahora gracias al Papa Francisco, nuestra Sofía ya no duda más. Ayer que se vio en el espejo y descubrió su rostro arrugado, fatigado, con cicatrices, manchado, sin maquillar y con profundas líneas de expresión, sin pensarlo dos veces, exclamó como la actriz latinoamericana: “Estas arrugas me costaron mucho trabajo, mucho esfuerzo, muchos dolores y una vida plena. Ni soñando las quiero tocar, son las huellas de mi historia”.

¡Bravo por el Papa y por Sofía!

gloaezatovar@yahoo.com

 

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