Por Guadalupe Loaeza

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El artista al que nos referiremos en esta semana no es un secreto. Por el contrario, Wim Wenders (1945) es una celebridad, uno de los directores de cine más conocidos de Alemania.

Cada vez que se estrena una de sus cintas, se comenta en todas las revistas del mundo, lo aplauden en el Festival de Cannes y es motivo de conversación. No hace mucho, se proyectó La sal de la tierra, documental sobre el fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado. Una cinta muy celebrada porque supo transmitir la belleza de esas fotos de la naturaleza y el ser humano. La gente salía asombrada del cine: “La sala se convirtió por dos horas en un museo”. Sí, por la pantalla pasaban las imágenes de los desplazados africanos, los mineros brasileños, las tortugas de las islas Galápagos y las explosiones de pozos petroleros en Kuwait. Con razón, el público salía de los cines con el corazón triste y alegre al mismo tiempo, porque en las películas de este realizador alemán conviven las dificultades de la vida con el esfuerzo del ser humano.

Otra maravillosa película es la dedicada a la coreógrafa alemana Pina Bausch. Wenders planeó una película acerca de su oficio y la manera de crear sus ballets tan dramáticos. Pina revolucionó la danza contemporánea e hizo que la música de Stravinsky se viera en escena con toda su fuerza.

Desafortunadamente, mientras se filmaba la cinta, ella murió de cáncer de pulmón y Wenders decidió suspender el proyecto. Poco después, los bailarines de la compañía propusieron al director seguir con el rodaje. Wim y Pina acordaron que fuera una película en tercera dimensión, para que todo mundo sintiera como si estuviera dentro del teatro, frente a esos movimientos tan estremecedores. Qué tristeza que Pina muriera antes del estreno.

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Si algo le gusta a este director es la belleza de la imagen. En todas sus películas, la fotografía es cuidadísima. Podemos ver ciudades, paisajes, fuentes, trenes, ferias, caminitos, esquinas, edificios, sets de cine, monumentos, pero, sobre todo, mucha gente, con sus preocupaciones y sus sueños. Curiosamente, Wim nació en una ciudad fea, Düsseldorf, devastada por la Segunda Guerra. Como no le gustaban nada sus calles, su primer refugio fueron los cuadros colgados en su casa. Desde muy pequeño se le hizo una necesidad ir a ver los cuadros del museo y una obsesión revisar la enciclopedia que le compró su padre. Más que cineasta, soñaba con ser pintor o fotógrafo. Su regalo más preciado fue una cámara fotográfica.

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Cuando llegó el momento de decidir qué hacer con su vida, Wim se preguntó cuál era su verdadera vocación. Su deseo era pintar, pero tenía miedo de desilusionar a su padre, un médico muy querido, así que decidió seguir sus pasos. “No, esto no es lo mío”, se decía preocupado, así que intentó estudiar filosofía. Un día, después de mucho cavilar, se armó de valor, se paró frente a su padre y le anunció: “He pensado mucho acerca de mi vocación, y creo que lo que más me gusta en la vida es pintar”. Para su sorpresa, su padre lo miró con los ojos más comprensivos del mundo y le dijo que lo apoyaría.

Mientras se dedicaba a las clases de pintura, se dio cuenta de que varios de sus pintores favoritos hacían cine. Se interesó por el cine y vio cientos de películas, a veces veía hasta cinco cintas en un solo día.1 Entonces, se acordó de la pequeña cámara de 8 milímetros que le había regalado su padre cuando era niño y fue a buscarla. Ingresó a la escuela de cine y comenzó a hacer sus primeros cortos. “Pero si tus películas no se tratan de nada”, le decían sus amigos. “Lo que pasa es que hay que filmar escenas bellas, una esquina, una calle o una persona. Y, poco a poco, de esas escenas saldrá una historia. Cuando uno pone una cámara frente a un paisaje, algo ocurre. Y si uno pone muchas cámaras en ese mismo lugar, desde varios puntos de vista, sale de ahí una historia, salta como si fuera un conejo”. Sí, desde entonces, este joven era al mismo tiempo un pintor fracasado, un director con muchas expectativas y un gran perseguidor de historias.

Permítanme, para finalizar, hablar de mi película favorita, Las alas del deseo (1987), que trata de dos ángeles, Damiel y Cassiel, que pasean por Berlín y escuchan las voces y los pensamientos de la gente; se dan cuenta de lo mucho que se sufre en una ciudad. Sin embargo, uno de ellos, preferiría ser humano: “A veces me hastía mi presencia de espíritu y ya no quisiera este flotar eterno, quisiera sentir un peso que anulara en mí lo ilimitado y me atara a la tierra”. Este ángel, interpretado por el magnífico actor Bruno Ganz, se vuelve mortal y decide buscar el amor de una trapecista. Como ven, Wim Wenders piensa que la vida humana, con todo y sus dificultades, es tan bonita que hasta los ángeles nos la envidian.

gloaezatovar@gmail.com

 

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