Por Guadalupe Loaeza

Para Eugenia y Armando.

3¿De qué tanto se habrá acordado Fernando Solana mientras escuchaba las canciones de Agustín Lara, único gusto que se permitía semanas antes de morir? Tal vez la música del compositor veracruzano lo llevaba hasta la mitad de los años sesenta, época en que fuera secretario General de la Universidad con el rector Javier Barros Sierra. O quizá pensaba con nostalgia en los días en que fuera nombrado por el ex presidente de la República José López Portillo como secretario de Estado. Entonces Fernando Solana tenía 45 años. Para ese momento ya había muerto Lara, en 1970, pero por ello su música no dejó de escucharse en la radio. Al contrario, no había trío todavía de moda en esos años que no evocara alguna de sus canciones. Un año después de haber sido nombrado secretario de Comercio, López Portillo lo nombra en 1977 secretario de Educación. Algo me dice que cuando llegaba a su casa, cansadísimo, de la maravillosa oficina que había pertenecido a José Vasconcelos, quizá lo primero que hacía era poner sus discos de Agustín Lara. Lo más probable era que para entonces ya se sabía de memoria todas sus canciones. ¿Las habrá tarareado en su despacho del Banco Nacional de México, una vez que lo nombró el ex presidente Miguel de la Madrid, en 1982, como director general de Banamex? Seguramente. Imagino que cuando era secretario de Relaciones Exteriores en el sexenio salinista, de regreso a su departamento de Guadalquivir, donde vivió la mayor parte de su vida, le pedía a su chofer que le pusiera un casete de Agustín Lara. En Tlatelolco permaneció hasta 1993, año en que Salinas lo nombra secretario de Educación por segunda ocasión. Meses después don Fernando renuncia para convertirse en candidato al Senado por el Distrito Federal.

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Fue a partir de esa decisión que Miguel Ángel Granados Chapa (también súper amante de la música de Agustín Lara) se pregunta en su columna del periódico Reforma: “¿Y por qué no Fernando Solana?, se han preguntado de tiempo atrás quienes vieron integrarse las listas de presidenciables sin que figurara en ellas el secretario de Relaciones Exteriores y quedaran incluidos, en cambio políticos tan menores como Emilio Gamboa. Y en verdad resultaba extraño que el decano del gabinete (fue secretario de Estado en diciembre de 1976, cuando la mayor parte de sus compañeros eran directores generales, o estaban aún en rangos inferiores) no fuera considerado con merecimientos para ocupar la Presidencia de la República”. No obstante, el nombre de Fernando Solana empezó a circular por todos lados, a raíz de la corrección que hiciera el propio Salinas. Es decir que en lugar de siete, eran ocho los precandidatos priistas. “(…) González Graf, que semana a semana examina (en Radio Red) el acontecer político nacional, presentó las biografías de ocho, ya no de siete presidenciables priístas. E incluyeron como el octavo al canciller Solana”.

A lo largo de su texto el autor de Plaza Pública hace un listado de todas las virtudes de don Fernando como el más completo de los miembros del gabinete, “(…) advirtió muy temprano, en los sesentas, la importancia estratégica de Estados Unidos para el destino nacional. Cuando México parecía una isla, percibió la necesidad de abrirse al mundo, y apenas pudo poner en práctica sus nociones, las convirtió en políticas públicas. Parece claro que ganara su pertenencia al actual equipo gobernante cuando presentó en la campaña salinista, en mayo de 1988, un certero diagnóstico sobre las relaciones entre México y sus vecinos del norte. El ‘descubrimiento’ de Canadá, por así decirlo, como potencia a la que conviene vincularse, se produjo en esa celebrada intervención”. Finalmente, y para nuestra desgracia, Solana no llegó a ser candidato a la Presidencia, debido a que estaba “fuera del círculo más íntimo del Presidente”. Nunca se me olvidará lo que me contestó Granados Chapa cuando le pregunté quién, de todos los políticos mexicanos, lo apantallaba realmente. “Solana”, me contestó con mucha contundencia.

FERNANDO SOLANA

Mientras escucho a Agustín Lara, lamento de todo corazón que un personaje tan honesto, preparado y brillante (fosforescente, diría yo) no nos hubiera gobernado. No hay duda que de haber llegado a la Presidencia, otro gallo nos hubiera cantado. Por lo pronto diremos que Fernando Solana además de todas sus cualidades como político comprometido, de los pocos que realmente amaban este país, era un hombre profundamente romántico. Estoy segura, que a todas sus colegas, alumnas, admiradoras, novias y esposas, les regaló muchos discos de Agustín Lara. No en balde muchas de ellas lo visitaron, con absoluto fervor, hasta sus últimos días, mientras juntos escuchaban al músico poeta.

gloaezatovar@yahoo.com

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