Por Guadalupe Loaeza.

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Me entrevisté por teléfono con Greta Somorrostro, fundadora y directora del grupo de Facebook “Mujeres SOS”. Greta fundó este foro a mediados de enero: “Estaba buscando un espacio en el que las mujeres pudiéramos apoyarnos y empoderarnos a través del crecimiento en todas las áreas. La intención principal del grupo es la inclusión de las mujeres sin ser segmentadas. Existen varios grupos de mujeres, como por ejemplo, el de las mamás, el de las empresarias, el de mujeres judías, el de compra y venta, pero me percaté que no existía ningún foro en el que fuera realmente inclusivo. Actualmente tenemos 9 mil doscientas miembros que nos apoyamos y nos comunicamos. Tenemos un crecimiento en promedio de 700 solicitudes por día. El grupo ha trascendido la virtualidad y hemos concretado diferentes actividades de todo género”. La consigna de este foro consiste en: “Ayudarnos, aconsejarnos, apoyarnos, desahogarnos, reírnos y darnos ideas para progresar”. Son tres los requisitos para forma parte: la empatía, el respeto y la confidencialidad.

El domingo pasado, día de la manifestación a nivel nacional en contra de la violencia machista, “Mujeres SOS” participó de una manera muy activa a través de las redes sociales, mediante el hashtag: #MIPRIMERABUSO, en donde las mujeres relataron las experiencias de abuso que han sufrido durante toda su vida. Los testimonios del grupo de muchas mujeres eran aterradores; iban desde el abuso infantil, violencia doméstica, las relaciones sexuales no consensuadas, hasta la violación. Hay que decir que las mujeres que conforman este grupo pertenecen a un nivel socioeconómico medio alto. Entre ellas hay muchas profesionistas, empresarias, personalidades públicas y cabezas de familia. Con ello confirmamos que la violencia machista permea todas las clases sociales. Nos permitimos, con la autorización de Lorena Abrahamsohn, luchadora social, transcribi su testimonio publicado en “Mujeres SOS”.

“La primera vez que un hombre abusó de mí, era yo tan chiquita que no alcanzaba el número 4 en el ascensor. Lo sé porque fue al pedirle que le apretara al botón 4 cuando me cambió ese “favor” por que pasara antes a su casa por unos dulces. Eran caramelos Laposse sabor mantequilla, lo recuerdo bien, pues a mis…qué tendría, seis, siete añitos, me pareció un gesto increíble que alguien me quisiera dar de esos dulces caros y deliciosos, así nomás. El hombre vivía en el sexto piso y subí. No recuerdo mucho más, apenas la sensación de miedo que me hizo bajar corriendo por las escaleras dejando el puñito de caramelos dos pisos arriba de mi casa.
9La segunda vez fue en un baño en una palapa en Puerto Escondido. Cada año pasábamos ahí las vacaciones. Era todo muy hippie y a mí, que me habían educado rete bien, no me parecía correcto andar haciendo pis en el mar. Fui al baño pues y si la memoria no me falla, el tipo me agarró y me trató de besar. Inspirada más por todos los bofetones que había visto en las telenovelas, que por la valentía, le dí un golpe en la cara y corrí al mar. Me senté en la orilla e hice pis. Pero no me levanté rápido porque la sensación del agua en las nalgas y en el coño me hizo sentir limpia.
Después crecí. Me crecieron las caderas y las tetas antes que a las demás niñas del salón. Viajaba en ruta cien (sí, soy una casi cuarentona, pa qué disimular) y ahí viví diaria y sistemáticamente un acoso inclemente, despiadado. Yo no entendía, realmente no entendía, qué era eso que provocaba que no dejaran de decirme cosas al oído, de buscar tocarme las nalgas, de seguirme, de burlarse.
Entonces engordé. No hay que ser Freud ni Lacan para darse cuenta de los motivos de algunas cosas en la vida. Al cubrirme de grasa me protegería, o al menos eso intentaba, (no conscientemente claro, les digo, en retrospectiva, todo es predecible), de los ojos, de las manos, de los alientos, de los pitos parados…

Pero no sirvió de nada. Me convertí rápidamente en mamacita, mamazota, mi reina, güerita, sabrosa, apachurro, te voy a succionar la panocha hasta que te baje la regla, quiero, rica, con esas tortas no sé qué, bombón, quién pudiera meter los huevos en ese jamón…etc, etc, etc.
No mucho más tarde, los policías de una patrulla de judiciales me “pidieron” que me subiera a su auto. Si no te subes, güerita, te vamos a partir la madre. No me subí. Me partieron la madre.
En otra ocasión, años más tarde, un hombre me empujó en el vagón del metro y me propinó una patada entre las piernas que me provocó una hemorragia épica y una cistitis crónica que reaparece de tanto en tanto, hasta el día de hoy.
En medio de todo eso, cantidad de situaciones laborales en las que “ella está donde está porque seguro se coge al jefe”, “habla tú con él, escótate tantito y convéncelo”, “las ventajas de ser guapa, ya ves” y así, hasta el infinito.
En unos meses cumpliré 40 años. No por ello ha cesado el ataque del sexo masculino. No por ello me he acostumbrado, ni he dejado de tener miedo, ni de cruzarme a la otra acera, ni de esforzarme –de más?- por demostrar mis capacidades intelectuales o laborales. No he dejado de cargar cual Pípila con todos los motes despectivos y violentos que los varones, sobre todo al estar en grupo, espetan al verme pasar. Ahora me muevo principalmente en coche. Y si acaso debo hacerlo en metro o en pesero, efectivamente reviso la hora, el trayecto y sobre todo la “conveniencia” de lo que llevo puesto.

Voy a cumplir 40 años, confieso de nuevo, y de verdad, desde el fondo del fondo de mi alma les digo: sigo sin entender por qué. Sigo sin entender y sin saber bien a bien, cómo salvarme. De las mujeres de mi generación, sépanlo varones, soy empero, de las privilegiadas: Del selecto grupo de aquellas que no, no han sido violadas.
¿Qué es esto, carajo?
Para darle un vuelco optimista a esto que escribo ahora, comparto que he decidido descubrirme. Cumpliré los 40 con la mejor versión de mi cuerpo, de mi capacidad emotiva, intelectual y laboral. No permitiré nunca más, que la violencia de los hombres (ojo, de esos hombres), dañe mi vida.
Y ya, eso es todo. O no.”

A raíz de este estremecedor testimonio, me cuenta Greta que muchas mujeres, al sentirse identificadas con Lorena, se animaron a contar su propia historia. En un solo día fueron publicados cientos de relatos de víctimas.

Con lo anterior nos damos cuenta que la violencia machista persiste y es ejercida en todos los sectores de la sociedad mexicana, no en balde el domingo pasado se manifestaron miles de mujeres de 30 estados de la República volcándose a las calles y dentro de las redes sociales. Todas ellas levantaron la voz, exigiendo el más básico de sus derechos. Es gratificante darnos cuenta que este movimiento no es exclusivo de las mujeres. Dentro de las redes sociales, a partir del día de la protesta, encontramos una serie de testimonios de hombres, solidarizándose mediante el relato de los abusos que ellos han ejercido. Como terminaban los testimonios de los hombres era con la pregunta: ¿Y tú cuándo fue la primera vez que violentaste a una mujer?

gloaezatovar@yahoo.com

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