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“El ano del hombre no está diseñado para recibir… El ano está diseñado sólo para expeler. Su membrana es delicada, se desgarra con facilidad y carece de protección contra agentes externos que pudieran infectarlo. El miembro que penetra el ano lo lastima severamente pudiendo causar sangrados e infecciones”. Lo anterior no lo dijo un Inquisidor del siglo XVI obsesionado por el tema; ni lo dijo un principiante de la carrera de medicina; y mucho menos lo dijo un proctólogo miembro del Movimiento Familiar y Cristiano de los años 60. Por muy extraño que parezca, estas palabras fueron publicadas este mismo mes como parte de un artículo firmado por el cardenal Norberto Rivera en el semanario Desde la fe.

Es evidente que está obsesionado con el tema del matrimonio entre personas del mismo sexo. Especialmente ahora que laIglesia y el Estado se encuentran frente a frente debido a que el presidente Peña Nieto ha mostrado su apoyo para que se legalicen las bodas igualitarias. “Nos ha traicionado”, dice la iglesia católica, cuando en realidad es la iglesia católica la que traiciona a una sociedad más plural e incluyente. Una iglesia que no termina por adaptarse a los cambios ni tampoco a las declaraciones del papa Francisco. Una iglesia de doble moral e hipócrita. Y por último, una iglesia que ha encubierto a sacerdotes pedófilos, cambiándolos de diócesis.

No hay duda que Norberto no puede con el tema. Basta con ver su cara en la portada de la revista Proceso, del 31 de julio, cuyo título es “La Iglesia se encrespa: Peña Nieto nos traicionó”. Basta con ver su cara de absoluta ira. Su mirada denota odio, es una mirada intranquila. Es una mirada que no corresponde a la paz interna que debe de tener un sacerdote. Es una mirada obsesiva que no descansa y que seguramente encierra mucho rencor hacia algo que no alcanza a entender. Sus ojos particularmente empequeñecidos y oscuros están carentes de perdón y de caridad. El rictus de sus labios usualmente carnosos en esta imagen parecen restirados como si fueran una liga a punto de reventarse. Su quijada está tensa y se diría que acaba de morder un limón agrio y ácido. Sus mejillas tienen arrugas en las arrugas y se ve que ese día no se rasuró, lo cual lo hace parecer más demacrado y más desaliñado, a pesar de la tintura de su pelo, negro como las alas de un cuervo. Al verla y volver a ver esta fotografía, siento desconfianza, me da miedo y lo último que haría es pedirle comprensión y amor por el prójimo. (Es tan reveladora esta fotografía que por un momento tuve deseos de mandarle este ejemplar al papa Francisco, para que con su conocimiento de la condición humana interpretara la expresión de este rostro).1

Me pregunto si Norberto se tiene prohibido confesar a los gays. Por qué los odia tanto, si se supone que la iglesia está abierta para todo aquel que busca la fe. Todo mundo sabe que Norberto está muy cercano al poder, que le gustan los buenos vinos y las fiestas de gente importante. ¿No se sentirá fuera de lugar sosteniendo ideas tan provincianas ante gente tan poderosa? Seguramente, todos sus anfitriones se dan perfectamente cuenta de su doble moral, saben muy bien cómo lo apantallan con tan poca cosa e incluso les ha de dar compasión verlo hacer tantas caravanas.

Estaba yo releyendo el ejemplar de este semanario, cuando a lo lejos, escuché un barullo frente a la Plaza Río de Janeiro. Pensé que se trataba de una manifestación de la CNTE. Curiosa como soy, decidí salir a investigar. Y cuál no fue mi sorpresa encontrarme con un grupo de manifestantes frente a la Arquidiócesis. Eran representantes de la comunidad LGBTTTI, quienes protestaban por las declaraciones de Norberto. Si no hubiera sido porque esa tarde tomaba un avión para Tepic para ir a la Cátedra Amado Nervo, me hubiera unido a ellos. A mí también me hubiera gustado gritar consignas contra las ideas retrógradas de Norberto. Si me hubiera enterado antes, me hubiera encantado escribir pancartas. “Norberto Rivera, ¡vives en otra era!”, “Norberto, anciano, ¡deja de hablar del ano!”, “‘¡Se ve, se siente, Norberto está decadente!”.
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No nos explicamos por qué el Cardenal Primado utiliza el púlpito para entrometerse en temas que le corresponden al Estado. Además, no contento con esto, invita a los feligreses a salir a la calle a protestar contra el matrimonio entre personas del mismo sexo. No nos queda más que encomendarlo a Dios, que le dé claridad mental y humildad, y exclamar: “Ay, Norberto!”.

gloaezatovar@yahoo.com

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