A“Me duele México, me duele mi Juárez, pero pienso que la manera en que puedo participar es cantándole, pidiendo al universo que todo sea para bien”, declaró Juan Gabriel en alguna ocasión. Y ahora, ¿quién le cantará a nuestro país y quién pedirá por él al universo cuando más requerimos de este tipo de peticiones?

Me entero de la muerte de Juan Gabriel en Martha’s Vineyard, en el estado de Massachusetts. Mi novio y yo estamos de vacaciones. Sin embargo, y a pesar de mis propósitos por descansar al máximo, no puedo dejar de escribir y compartir con los lectores el fenómeno que representaba este personaje tan imprescindible para millones de sus fans. Desde que lo vi por primera vez a principios de los ochenta, en el centro nocturno El Patio, me sedujo como lo hiciera esa noche a un público que lo escuchaba con verdadero fervor. Lo que más me llamó la atención fue la respuesta de los hombres. Yo los miraba cómo miraban al cantautor. Lo hacían con curiosidad pero sobre todo con cierto morbo. Lo miraban con extrañeza pero al mismo tiempo no podían evitar ser capturados por la música, la voz y el ritmo. Se hubiera dicho que Juanga les tocaba, gracias a su estilo tan particular para interpretar sus propias canciones, ciertas fibras prohibidas y ocultas hasta en su subconsciente.

En realidad estaban más conmovidos y conectados con el artista que su propia esposa o novia. Mientras más machos, más aplaudían a ese personaje andrógino, ese artista masculino con alma femenina. Sin embargo, Juan Gabriel tuvo una gran musicalidad y un talento especial para hacer que el público se identificara con sus canciones. Uno de los aspectos más importantes de su forma de componer era la sencillez de lo que decía, porque hablaba como todas las personas. Como personaje, contó su vida con mucha sinceridad. Por ejemplo, cada vez que podía, hablaba de la frontera, de Ciudad Juárez, de su madre, doña Victoria; de la pobreza que pasó con ella, quien trabajó para cuidar a sus hijos. Juan Gabriel también hablaba de los años que pasó en un internado. Dicen que la gran marca de su vida ha sido vivir lejos de doña Victoria, por lo que se había convertido en la persona que más lo había inspirado. Sí, no hay duda de que eso es lo que le daba tanto sentimiento a sus canciones. Cuando doña Victoria murió, le compuso una pieza que hace que todo mundo llore cuando la cantan los mariachis en Garibaldi. Naturalmente me refiero a Amor eterno.

Juanga en realidad se llamaba Alberto Aguilera, pero, cuando tenía 16 años, se cambió el nombre a Adán Luna, y con este seudónimo comenzó a cantar en centros nocturnos de Ciudad Juárez. En 1969, llegó a la Ciudad de México y se puso el nombre con el que todos lo conocemos, como homenaje a dos personas: su padre y un maestro que siempre lo alentó. Cada vez que cantaba, la gente le aplaudía con delirio, gritos, devoción y lágrimas. De ahí que Juan Gabriel diga que el cariño que le faltó sin doña Victoria ahora se lo daban sus fans.

Como dije en alguna otra ocasión, la maravillosa periodista Alma Guillermoprieto escribió que Juan Gabriel es el heredero más improbable que pueda imaginarse del manto de José Alfredo Jiménez, el rey de las rancheras.

En su libro Al pie del volcán escribió sobre Juan Gabriel: en primer lugar, que no es el típico cantante de música ranchera, porque no tiene nada que ver con los charros cantores, ni con el carácter de macho de Jorge Negrete. En segundo lugar, no es de Jalisco, sino del norte del país. Y, en tercer lugar, no habla nunca de mujeres traidoras ni de alcoholismo.

Debo insistir en que me encantan las canciones de Juan Gabriel, que Carlos Monsiváis siempre decía que eran magníficas. Siempre lo vi como a una persona muy sencilla y muy entregada. No cabe duda que era de los pocos ídolos que nos quedaban.

mamáIgnoro si Juanga murió feliz o profundamente infeliz. Me temo que al final de su vida se encontraba demasiado decepcionado de los que lo rodeaban y cansado de ser Juan Gabriel. De jugar siempre el mismo papel de compositor exitoso y de cantante adorado. Tal vez su mayor deseo era volver a ser el adolescente Alberto Aguilera y encontrarse con su madre, tal vez, la única persona en quien confiaba.

gloaezatovar@yahoo.com

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