Por Guadalupe Loaeza

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Estoy tristísima. Cada día que pasa mi tristeza se convierte en un rencor amargo y oscuro. Aunque me duela en el alma tengo que admitir que ya no la amo más. Sí, solía amarla y mucho. Recuerdo las épocas en que me daba mucha ilusión; me inspiraba confianza, y me proporcionaba una vida tranquila y armoniosa. La veía además de bella, alegre e interesante. Lo que más me gustaba de ella es que fuera tan distinta a las demás. Por eso cuando viajaba, la extrañaba y al reencontrarla, apreciaba más su calidez y su sentido de hospitalidad. Cuando me encontraba nostálgica, les platicaba de ella a mis hijos y les contaba todas sus historias y hazañas. “¿De verdad era tan bonita, mamá?”, me preguntaban intrigados. “¡Preciosa! Venían de muchas partes del mundo para conocerla y hasta para filmarla. Muchos llegaron a enamorarse de ella, especialmente los pintores y poetas. No faltó uno que otro compositor que le dedicara una canción. Era tema preferido de escritores y cronistas muy famosos. En otras palabras, era inspiradora y protagonista de diferentes manifestaciones artísticas. Era ¡única!”. Todo eso ya se acabó, hoy por hoy, desafortunadamente, ella ya no es ni la sombra de lo que fue. Y así como José Emilio Pacheco escribió en su poema titulado “Alta Traición”: “No amo mi patria / Su fulgor abstracto es inasible”. Igualmente afirmo: “No amo mi ciudad…”.

Ya no aguanto mi ciudad. Siento que me sofoca, que me enoja y me irrita sobre manera. Últimamente, la padezco, la sufro y la transito en un diario vía crucis. Ya no me gusta caminarla. Sus banquetas son cada vez más peligrosas y difíciles de transitar. Odio, con todo mi corazón, cada uno de sus millones de baches que agreden a los conductores.

Los hay por todos lados y en todos los rincones de todas las calles de la ciudad. Así como se topa una con ellos a lo largo y ancho de la Avenida Virreyes o de Palmas, lo mismo aparecen, aún más profundos y constantes, en la Roma, en la Condesa, camino al aeropuerto y por la salida a Puebla. Odio los topes. Odio el Periférico y el Segundo Piso. Odio la contaminación, el tráfico, las manifestaciones, los expertos que pasean, en los parques, a diez perros, al mismo tiempo. Odio a los del valet parking, a los del “trapito” y a los “viene, viene”.

Nunca imaginé que llegaría a odiar tanto mi ciudad, el lugar donde nací y crecí. Ya no me da ilusión. Me pone de mal humor. Por su culpa, con el tiempo, me he ido amargando. Cuando salgo a la calle de todo me quejo: de los cables, de la basura, del ruido, de las motos, de la falta de iluminación, del olor de los orines de los perros, de sus excrementos que encuentro a mi paso, de las ratas que vienen de la Zona Rosa, de los abusos del uso de suelo y del absoluto desorden urbano. Por eso ya no hago ejercicio al aire libre. Por las mañanas, no me quiero despertar, para no encontrármela. Si sueño con ella, tengo pesadillas. El otro día, no pude regresar de Polanco, a mi casa, porque todo Reforma estaba cerrado por una manifestación. No pude ir a comer con mi novio. No pude ir al dentista. No pude pagar mi teléfono. No pude ir a varias citas. Y no pude más que odiar aún más esa ciudad que me tenía como rehén.

Mi nieta de seis años que vive en Valle de Bravo se niega a venir a la ciudad. Ella también la odia. Cuando de casualidad tiene que venir a ver al pediatra y vamos juntas en el coche sumidas en un tráfico atroz, llora y llora y a gritos dice: “Ya me quiero ir a mi casa. Ya no quiero ver tantos coches. Me quiero bajar. Ya no quiero volver aquí. No me gusta”, vocifera sin dejar de llorar y de sentirse atrapada en medio de calles saturadas de coches y más coches. Yo la distraigo y le platico, para que deje de llorar, pero no hay manera de consolarla, sufre como si un animal gris y chato la estuviera amenazando. Ese animal es la Ciudad de México. También yo he tenido ganas de llorar junto con mi nieta. Y de gritar como ella: “Ya me quiero ir de aquí”. Pero no me puedo ir a ninguna parte porque aquí vivo con mi novio, aquí vive parte de mi familia, y de mis amigos. Todavía seguimos pagando la hipoteca del departamento de Río de Janeiro. Cuando lo compramos, hace 12 años, la colonia Roma era otra cosa. Más tranquila, más segura, sin tantos restaurantes.

No, ya no amo mi ciudad.

gloaezatovar@yahoo.com

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