Por Guadalupe Loaeza

img_7101

“No, no podían no enamorarse. No, no podían más que estar juntos toda la vida”. Así me dije cuando escuché la historia de amor platónico que vivieron estos dos personajes. “Mientras que él era el poeta más famoso de la lengua española, el más seductor y el que más lectoras tenía, ella era una joven solitaria, frágil, bellísima y muy sensible. Era inevitable que no se tuvieran un amor inmenso.” Así que luego de reflexionar sobre ellos dos, concluí: “No, no podían no enamorarse”. Claro que tenía que valorar también otras cosas en este relato, así que me volvía a sumergir en mis cavilaciones: “Es cierto que se llevaban treinta años de edad. Y también es cierto que la madre de ella había sido la pareja sentimental de él por diez años. Y cuando la madre murió, esta joven quedó sola en el mundo. Sola, sin nadie en el mundo con excepción de ese escritor tan seductor, tan halagador y tan elegante. Pero ella no podía admitir ni de chiste que podría corresponderle a quien era como su papá… Era un conflicto demasiado grande”. Sí, también a pesar mío, luego de darle vueltas a esta relación, también concluí muy segura de mí: “No, tampoco podían enamorarse. Era inevitable que algún día se separaran”.

img_7104

De esta manera reflexioné cuando me enteré de la historia de amor que vivió el poeta Amado Nervo con Margarita, la hija de su enamorada, Ana Cecilia Dailliez.Cuando el escritor conoció a Ana Cecilia, una noche de 1901 en que paseaba por el barrio latino, en París, ella ya tenía una pequeña hija de un año. Nervo estaba tan feliz de haberla conocido que de inmediato también aceptó a Margarita. Y diez años más tarde, cuando Ana Cecilia murió, Nervo se hizo cargo de su hija. Hasta entonces no había ningún problema, el problema vino después, cuando pasó el tiempo y la pequeña Margarita se hizo una adolescente encantadora, bellísima, inteligente, y que además recordaba a su madre. Para entonces, los dos vivían en Madrid, era 1915 y el poeta sintió que estaba viviendo una segunda primavera. Así que nada le pareció más natural que sucumbir ante los encantos de Margarita, por lo que un día no pudo más y le declaró su amor. Con lo que el poeta no contaba era con la respuesta tan alegre y natural de esta joven, la cual le contestó: “Pero, ¿cómo decir te quiero sin agregar papá?”img_7102

Ay, nunca nadie le había contestado a este poeta tan seguro de sí con una frase tan hiriente. Nadie la había dicho “no” con tanta seguridad, a él, por quien se desvivían jardines enteros de jovencitas en toda América. Si tantas mujeres soñaban en el mundo siquiera con pensar que algún día en encontrarse con este poeta. En cambio, Margarita decidió irse de la casa por un tiempo y refugiarse con unos amigos. Después ya nada fue igual, y con el tiempo Nervo se acordó de dos hermanas suyas, Concha y Elvira, y decidió llevar a Margarita a vivir con ellas a la Ciudad de México.

img_7103Es tan atractiva esta historia que ha fascinado a los lectores de Nervo, a sus amigos y a escritores tan comprensivos como Alfonso Reyes, que conoció tanto a Margarita como al poeta. No, no podíamos no fascinarnos también Pável Granados y yo por esta historia. De ahí que este amor que permaneció secreto por tantos años no sirviera de inspiración a Pável y a mí para hacer una pequeña novela titulada La última luna, que presentamos en la Feria del Libro de Guadalajara. Cuando Nervo dejo a Margarita en México, en 1918, se fue a Sudamérica por encargo de Venustiano Carranza, como embajador en Argentina. Durante ese trayecto, los dos siguieron escribiéndose, los dos se contaban sus cosas y se mantuvieron en comunicación. Los dos sabían que se tenían un cariño muy especial, me imagino que los dos fantasearon mucho tiempo con ese afecto. Así que Pável y yo decidimos volver a escribir esas cartas. Como las cartas de Margarita no se han publicado o ya no existen, inventé cada una de sus respuestas. Y como Nervo dejó miles de páginas, Pável pudo parafrasear muchas de sus ideas, pero también imaginarse los sentimientos de ambos. Por varias semanas, ambos coautores nos pusimos en los zapatos de estos personajes y nos sentimos en su mundo, es decir, la época de la Primera Guerra Mundial y de la epidemia de influenza española. Hay que decir que las cartas originales de Nervo en francés resultan dos veces más apasionadas que traducidas al español. Seguramente el poeta al escribirlas en este idioma tenía una intención: tender un puente de más intimidad con su amor secreto.

fullsizerender

Por último, los invito a que nos acompañen a Pável y a mí, el próximo martes 13 a la Sala Manuel M. Ponce, en Bellas Artes, en la presentación de La última luna, y a que la descarguen gratuitamente por internet en la página de Editorial Ink.

http://editorial-ink.com/libros/la-ultima-luna/

gloaezatovar@yahoo.com

Anuncios