Buenos Aires

Por Guadalupe Loaeza:

Fue tan rápido este viaje a Buenos Aires, que creo que lo soñé. La verdad es que es una ciudad de ensueño. Mientras Pável Granados y yo la recorríamos, no dejábamos de admirar sus amplias avenidas, sus calles bordeadas por enormes “plátanos” cuyas copas forman un cielo de un verde intenso. La arquitectura tan señorial de sus edificios nos recordaba los cuentos de Julio Cortázar. Imaginábamos a la tía Clelia, la protagonista de La salud de los enfermos, a quien le leen cartas falsas para hacerle creer que su sobrino preferido no ha muerto. También, al descubrir a lo lejos los parques perfectamente bien cuidados, veíamos claramente al viejo Borges platicando con el joven Borges acerca del tiempo y del infinito y de su novia Estela Canto, con la que nunca se casó.

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Los cuatro días que estuvimos en esa bellísima ciudad los pasamos camine y camine en la Feria Internacional del Libro, que este año, la número 41, tuvo como invitada a la Ciudad de México, “Ciudad de Ciudades”, como se leía en grandes letras en el pabellón mexicano. El secretario de Cultura del DF, Eduardo Vázquez, se paseaba muy ufano en medio de una decoración muy original y muy mexicana. El amplio espacio que ocupaba el pabellón mexicano asemejaba una bodega la cual estaba rodeada por estantes de fierro en cuyos niveles se encontraban decenas de cajas de cartón con los rostros de muchos de nuestros mejores escritores. Un techo de papel picado cubría todo el stand (el cual fue inau- gurado por el embajador, Fernando Castro Trenti, vestido con un saco de cebra, corbata rosa y un clavel en el ojal). Era imposible no descubrirlo en esa enorme extensión que formaba la Feria del Libro del tamaño de un estadio de futbol. Estaban todas las editoriales argentinas y mexicanas como el Fondo de Cultura y Siglo XXI. No podía ser de otra manera en la ciudad que tiene más librerías por habitantes en el mundo. No podía ser de otra manera en la ciudad que tanto le gustaba a quienes fueran embajadores de nuestro país, como Alfonso Reyes y Amado Nervo, cuya última novia era argentina. Y no podía ser de otra manera en una ciudad culta, civilizada y muy amante de la lectura.

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Eran muchos los escritores mexicanos invitados. La mayoría llegaba en estos días. Por allí estaban Vicente Quirarte, Rafael Pérez Gay, la crítica de teatro Luz Emilia Aguilar Zinser, Víctor Manuel Mendiola, Néstor García Canclini, Ana García Bergua, Rosa Beltrán, Christopher Domínguez, Guillermo Osorno, Eduardo Bernal y el fotógrafo Fabrizio León. Por cierto, la presentación de sus fotografías fue especialmente interesante porque mostró 30 años de su trayectoria con fotos históricas como las del temblor de 1985, las del levantamiento de Chiapas o aquella muy famosa en la que el ex secretario Pesqueira aparece poniéndole “cuernos” a Carlos Salinas.

Un ingrediente indispensable para que nuestro viaje resultara perfecto fue la gratísima convivencia con la escritora argentina Tununa Mercado, su marido, Noé Jitrik, y su hijo, Oliverio. Con ellos visitamos la ciudad: juntos fuimos la Biblioteca Nacional, a una exhibición de pintura donde se encontraba el hijo de Susan Sontag, al mercado de antigüedades de San Telmo, al maravilloso restaurante La Brigada, a las librerías de viejo, al Ateneo, que es la más bonita de la ciudad, pero sobre todo al barrio de Barracas que se encuentra en el extremo sur de la ciudad. Para mí esa noche fue mágica. Sus calles prácticamente desérticas, iluminadas por unos faroles muy misteriosos, estaban atravesadas por un riachuelo. Tununa empezó a cantar el tango Nieblas del Riachuelo. El único que faltaba en esos momentos era Carlos Gardel. Pero su espíritu nos estaba esperando en el restaurante El Puentecito. Allí cenamos, en un ambiente muy porteño, una parrillada que les hubiera encantado a Gargantúa y a Pantagruel. Así devoramos nuestro cordero patagónico, nuestro churrasco y nuestro bife de chorizo. Pero lo mejor fue el postre: un helado de dulce de leche tan rico que todos nos quedamos callados. Lo comimos en silencio y muy solemnes, como si hubiéramos estado atendiendo la misa. Al otro día la familia Jitrik nos acompañó a la presentación del libro de mi autoría: Atrevidas, mujeres que han osado de la editorial Jus. Allí Pável, frente a un público muy muy reducido, se lució; habló de las mujeres mexicanas más atrevidas, entre ellas, naturalmente, Elena Poniatowska, a quien yo le dedico la primera parte de la obra.

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Debo confesarles que lo que me llamó más la atención no fueron las elecciones internas del domingo en las que los bonaerenses eligieron a los candidatos para jefe de gobierno, que se llevarán a cabo en octubre, ni la compra clandestina de dólares “blue”, ni las reformas de Cristina Kirchner, ni siquiera la espléndida ropa de piel; fue la sencillez y la hospitalidad de los argentinos. Mentira que sean soberbios y mucho menos ególatras. Al contrario, ¡¡¡son bien macanudos!!!

gloaezatovar@yahoo.com

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