Martes 5 de mayo

Por Guadalupe Loaeza

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El martes fui a Puebla para honrar a mis antepasados. Fui al desfile del 5 de mayo por el 153 aniversario de la batalla de Puebla. Y fui testigo de un espectáculo cívico-militar único en su género. Instalada en los Fuertes de Loreto y Guadalupe en el mismo lugar donde el general Zaragoza rindió su parte al ministro de Guerra y dijo muy serio: “Los franceses han llevado una lección muy severa; pero en obsequio de la verdad diré que se han batido como bravos, muriendo una gran parte de ellos en los fosos de las trincheras de Guadalupe. Las armas del Supremo Gobierno se han cubierto de gloria…”.

Es tanto lo que podría decir acerca de este desfile que temo que me faltarían palabras. Palabras de elogio, palabras de entusiasmo, pero sobre todo palabras de agradecimiento hacia el gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle, por darle la justa dimensión histórica a una fecha que nos debe enorgullecer a todos los mexicanos. Incluso Obama lo festejó en la Casa Blanca con un mensaje al Congreso estadounidense al “dar un paso adelante” para aprobar una reforma “exhaustiva” del sistema de inmigración, y con un grito de “¡Viva México!”.

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Mientras pasaban más de 52 contingentes, más de cinco mil 800 estudiantes y profesores, así como bandas de guerra, 16 carros alegóricos y más de mil 400 militares, a lo lejos observaba la cara del secretario de Educación, Emilio Chuayffet, quien había ido en representación del presidente Enrique Peña Nieto. Era evidente que se encontraba particularmente impresionado de ver desfilar en perfecta armonía a centenas de estudiantes tanto de escuelas privadas como públicas. Cada uno de estos contingentes llevaba su propia banda musical, encabezada por el maestro de música así como el director de la escuela. Lo que me llamó particularmente la atención fue el número de mujeres soldados, bomberas y hasta oficiales de Marina. Incluso pensé que en Puebla, hoy por hoy, deberían de agregarle a la estrofa de nuestro himno que dice: “Piensa ¡oh patria querida! que el cielo / Un soldado en cada hijo te dio…”, con una que dijera: “… Un soldado en cada hijo e hija te dio…”.

DESFILE

ejemos a un lado estas reflexiones excesivamente feministas y hablemos un poco de historia en relación a la batalla de Puebla. Qué lejana nos parece aquella misiva que le envió el coronel Porfirio Díaz a su hermana Nicolasa precisamente unos días después del triunfo de México: 10 de mayo de 1862.

“El día 5 del corriente llegó el deseado momento de sacudir los mamelucos colorados, y con el gusto rebosando a punto de ahogarnos, comenzamos el sainete a las 11 de la mañana y esto fue hacer carne hasta las 6 de la tarde que el enemigo comenzó a correr; hemos tenido pérdidas muy considerables, pero hemos matado muchos, muchos monsieures… En fin, yo nunca había tenido más gusto, ni día más grande que el día memorable 5 de mayo, día grande y de gloria”.

Benito Juárez recibía muchas cartas de felicitación por el triunfo de la batalla de Puebla. Hasta el mismo presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, a través del embajador de México en Wash- ington, Matías Romero, lo felicitó. Se trataba de las primeras felicitaciones de un gobierno extranjero a México. A Palacio Nacional llegaron centenas de cartas celebrando la victoria. Juárez les contestaba de su puño y letra, diciéndoles: “Ahora sí puede (usted) decir con orgullo, ¡soy mexicano!”. Y al mismo tiempo hacía hincapié en la importancia de que sus soldados estuvieran bien alimentados, por lo tanto, a sus colaboradores más cercanos les pedía que contribuyeran con carne. Eran sin duda días convulsos para México.

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En Francia, la opinión pública no entendía por qué razón se invertía tanto dinero y tantos hombres en la invasión de un país tan lejano. Como bien decía Víctor Hugo, a ningún pueblo le gusta ser liberado por soldados: “a los pueblos no les gustan los misioneros armados”.

Por su parte, Eugenia de Montijo le escribió al general Almonte el 29 de junio de 1862 que ella y su esposo, Napoleón III, ya se habían enterado de la derrota del Ejército francés en Puebla. Ambos consideraron que sólo era un incidente más, “que no afecta el fondo de las cosas”; en cambio puntualizaba que lo que realmente afectaba eran “las disensiones y los odios”.

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A pesar del triunfo de la batalla del 5 de mayo de 1862 y de todos los esfuerzos de Benito Juárez y de sus generales, un año después, Puebla fue vencida. En mayo de 1863 se llevó a cabo uno de los sitios más largos de la historia de México. Al cabo de 62 días la ciudad se rindió por hambre.

Pero esa es otra historia…

gloaezatovar@yahoo.com

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